domingo, 29 de septiembre de 2019

El ocaso del turismo en España


El Turismo es un gran invento, decía hace años Paco Martínez Soria.
Y la verdad es que aquí llevamos viviendo del mismo desde la década de los 60 del pasado siglo. Desde que los rubios y vikingos descubrieron el sol de nuestras playas y se lanzaron en masa a ponerse como cangrejos, huyendo de las brumas y de las lluvias del norte. Posteriormente, y ya una vez aquí, el fenómeno se vio favorecido cuando los guiris se encontraron con una gastronomía exquisita, (aunque bien es cierto que cualquiera lo sería si has tenido el dudoso placer de degustar la cocina inglesa, a la que me niego a llamar gastronomía); cuando descubrieron los placeres etílicos de los diferentes caldos que producen estas tierras y de la consabida y nunca suficientemente elogiada cerveza; cuando disfrutaron de la amabilidad de las gentes, y cuando comprobaron que el paisaje era agradable, y que había monumentos, edificios, ciudades, y en general piedras que merecían la pena ser vistas y visitadas, (la Unesco contribuyó sobremanera, declarando patrimonio de la humanidad a múltiples rincones de nuestra piel de toro). Pero sobre todo contribuyó al desarrollo y al fomento del turismo, para que vamos a decir otra cosa, el que a nuestros visitantes les resultara muy económico el disfrutar de todos estos placeres.

          Y así íbamos viento en popa, beneficiándonos de este gran invento que corregía el déficit de nuestra balanza de pagos y nos daba de comer a todos, en mayor o menor medida, y hasta nos abría ventanas en tecnicolor a otros mundos.

          Llegamos a ser el tercer país del mundo en número de turistas y en ingresos por los mismos. Aunque a ello no fue ajeno el que muchos de nuestros vecinos del Mediterráneo se metieran en diferentes conflictos, francachelas y “primaveras” que hicieron que no fuera muy saludable el visitarlos.

         Pero de un tiempo a esta parte el invento se está torciendo.

         Todo comenzó con la planificación urbanística de las costas, o por mejor decir por la falta de la misma. El dejar que se construyera en cualquier sito a pie de playa edificios, hoteles y hasta rascacielos, que a los turistas no les gustaba caminar mucho, aunque para ello se hubiera de asfaltar hasta la cala más recónditamente hermosa del Mediterráneo. Y ya puestos, a poner chiringuitos y seudorestarurantes dispensadores de sucedáneos de paella, sangría o ensaladillas playeras en cualquier bucólico rincón, lo que, además de contribuir a la cura del estreñimiento pertinaz de los guiris, llevaron a la gastronomía de nuestras costas a un nivel muy cercano al de la comida inglesa.

          Esas construcciones le quitaban encanto al paisaje pero, por otra parte, contribuían a popularizar y a abaratar el turismo de sol y playa, haciéndolo asequible a todos los bolsillos. Al menos quince días al año. Y el abaratamiento de los costes y del alcohol atrajo a otra fauna de turistas, jóvenes nórdicos e hijos de la Gran Bretaña, cuyo concepto de vacaciones no iba más allá que el de ingerir todos los litros posibles de alcohol en el menor tiempo posible, independientemente de la calidad del mismo, de poder hacer todo aquello que les estaba prohibido en sus tierras, (como berrear medio desnudos hasta las tantas de la madrugada en plena calle, en el mismo lugar donde acababan de aliviar sus vejigas o de vomitar los mejunjes recientemente ingeridos), e incluso el comprobar la resistencia de sus jóvenes cuerpos con diferentes deportes de riesgo urbano como el balconing.

          Y como por otra parte todo el mundo quería mojar en el pastel, mientras hubiera beneficio de por medio, no importaban ni los desaguisados urbanísticos, ni el turismo vandálico, ni aun que el coste de las viviendas, y aun el de la vida misma, se hicieran prohibitivos para los indígenas y autóctonos. Y si para aumentar el margen de beneficios había que reducir la calidad en favor de la cantidad, pues bienvenido era.

          Por otra parte las corrupciones de los diferentes políticos locales y hasta nacionales tampoco hicieron mucho por mejorar la imagen del turismo patrio.

          Y así comenzaron a surgir efectos colaterales, desde estafas reciprocas, tanto de las empresas hosteleras hacia los guiris, como de estos hacia los establecimientos turísticos, que todo el mundo aprende rápido con el “buen ejemplo”; hasta que los trabajadores locales no pudieran residir en los municipios costeros por la elevación salvaje del coste de la vida en esas localidades. Y con todo esto comenzaron a surgir reivindicaciones de jóvenes "progres" que, al calor ciertos intereses políticos, atacaban toda clase de turismo, pretendiendo poco menos que prohibir la entrada en su municipio a todo aquel que no pudiera atestiguar que poseía al menos ocho apellidos autóctonos, sin darse cuenta que sin esa gallina de huevos de oro que pretendían defenestrar, ese municipio que querían defender, posiblemente se habría despoblado y serían ellos los que estarían “visitando” Dilubiulandia o Winterfell, mientras buscaban y mendigaban un medio de sustento. Y de esta manera, ya apenas nos damos cuenta de las ventajas que nos ha aportado el turismo, y solo vemos los problemas que nos ocasiona, sin querer darnos cuenta que la causa real de los desaguisados, como casi siempre, ha sido el abuso del mismo y de los recursos naturales.

          Con todos estos mimbres nos hemos ido cargando el chiringuito, hasta el punto que ya solo parece esperar el apuntillamiento final que supondrá la recuperación de los países vecinos mediterráneos, junto con la llegada de "brexits" y quiebras de empresas multinacionales, todo ello aderezado con el ansia insaciable de determinados agentes comerciales de seguir consiguiendo un beneficio cada vez más inmediato y sin medida, aun a costa de destrozar la calidad o aún la naturaleza de lo que queda y que sigue generando y haciendo posible el negocio. Pero claro, para muchos, el único lema siempre ha sido “Tonto el último, y el que venga detrás que arree”.

          Así que parafraseando a Marquina solo queda decir aquello de:

          “Que en el turismo español,
          tanto exprimir la gallina,

          con codicia sibilina,
          de pronto, se ha puesto el sol…”

Publicado por Balder

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