El hombre azul estaba triste en aquel día gris. Tan triste que cada vez estaba más azul, el hombre, no el día, que cada vez estaba más gris, frío y triste.
La tristeza azul hizo aflorar las lágrimas argénteas a sus ojos grises. Lágrimas argénteas que acudieron en tropel, bloqueándose el paso unas a otras hasta el punto de no dejarse salir por el fino lagrimal, hasta que, de pronto, una rompió el bloqueo y salieron todas en cascada salpicando los zapatos marrones del hombre azul en aquel día gris.
El hombre azul apenas podía ver a través de la cascada plateada que brotaba de sus ojos grises y eso le hacía estar más triste y azul.
Salió a la calle para no inundar su coqueto apartamento lila. Para no inundarlo con esa cascada plateada de lágrimas argénteas que salpicaba sus zapatos pardos.
En la calle gris, de aquel día gris, los coches grises pasaban bajo los anuncios rosas de neón.
La lluvia caía y las gotas arrastraban la cascada plateada de lágrimas argénteas del hombre azul, como en aquella película de ovejas eléctricas en la que no salían ovejas, pero si serpientes sintéticas.
Y el hombre azul dejó de llorar porque con la lluvia nadie veía su cascada plateada de lágrimas argénteas, ni las ovejas eléctricas, ni las serpientes sintéticas. Y un débil sol naranja calentó el rostro del hombre azul hasta sonrosarlo. Y el calor del débil sol naranja enrojeció el rostro del hombre azul que poco a poco se puso colorado.
Y la ira sustituyó a la tristeza.
El hombre rojo estaba enojado por la lluvia y por el interminable tráfico plomizo de aquel ceniciento día gris.
El calor que desprendía el hombre rojo paró la lluvia y disipó las negras nubes.
Hasta el débil sol naranja se ocultó tras las granates montañas, y en el cielo apareció una luna llena, redonda como un queso, y de color hueso marfil, del mismo color hueso que tienen las calaveras del día de muertos.
Y el hombre rojo sintió nostalgia por sus difuntos y por sus pérdidas. Y bajo la luna de color hueso, el rojo de la ira y del ardor dio paso al violeta del recuerdo.
El hombre violeta contemplaba con sus ojos grises la luna de color marfil, mientras su mente volaba por el negruzco cielo bajo las estrellas doradas, por campos malvas de tiempo y añoranza. Entretanto su cuerpo se adormecía bajo los pálidos rayos de Selene.
Pero el hombre violeta transformó la melancolía en animosos sentimientos glaucos de deseo y desazón, y la añoranza dio paso al resquemor y a los celos. Y se empapó de verde envidia que tiñó su rostro, sus ojos y su mente.
El hombre verde se dejaba arrastrar por el resentimiento, lejos de su tristeza azul, de su ardor rojo y de su nostalgia violeta. Y bajo los plateados rayos de la luna de color marfil envidiaba el titilar de las estrellas doradas, la velocidad de los coches grises y el brillo de los anuncios rosas de neón. Y el hombre verde sintió que unas enredaderas cetrinas le encogían el alma.
El hombre verde, angustiado, se refugió en su coqueto apartamento lila, y dejó abierta la ventana blanca para regodearse en la miseria de ver todo lo que envidiaba.
Un viento frío y zarco entró por la blanca ventana del coqueto apartamento lila y atravesó al hombre verde demudando su color.
El frío de la noche invadió su corazón y tiñó de tristeza su alma y de aflicción añil su semblante.
Y amaneció otro día gris para el hombre azul.
El hombre azul estaba triste en aquel día gris. Tan triste que cada vez estaba más azul, el hombre, no el día, que cada vez estaba más gris, frío y triste.
Publicado por Balder.