Aquellas tardes de verano la temperatura era agradable en el Casino.
Su
nombre completo y ostentoso era Asociación Cultural y Recreativa Casino de Verisante. Pero, a pesar de su presuntuoso nombre, no era más que un bar de
pueblo donde los lugareños ociosos pasaban las horas bebiendo y jugando a las
cartas, imaginándose que eran miembros de un club social, como esos de los
señoritos de la capital.
Las
tardes de domingo estaba bastante concurrido. Sobre todo a la hora en que
Gervasio, “el opiniones”, les leía y explicaba las noticias a los parroquianos.
Mientras indefectiblemente, las fuerzas vivas echaban la partida al guiñote.
Una pareja la formaban habitualmente el sargento García y el tío Cástulo, el alcalde. Mientras que mosén Damián y Rogelio, el secretario, frecuentemente perdían juntos.
El
tío Cástulo había sido alcalde desde ya nadie sabía cuántos años, y a pesar de
la caída del antiguo régimen y la vuelta a la democracia, seguía siendo elegido
por los vecinos del pueblo para seguir en el cargo, en parte por tradición y en
parte porque sentían que se lo debían. Y es cierto que muchos le debían el
haber salido con bien de los tiempos de la guerra y de la represión posterior.
Por eso seguían eligiéndolo, independientemente de las siglas del partido por
las que se presentara, y por eso le perdonaban su camaradería con el sargento
García.
Lo
cierto es que el tío Cástulo se llevaba bien con todo el mundo, y que era
querido por todos. No como mosén Damián.
Mosén
Damián había pasado el concilio Vaticano Segundo, sin que el concilio pasara
por él, impermeable a las nuevas corrientes de la Iglesia, e impasible el
ademán. Y si había dejado de misar en latín y de espaldas a los fieles, no
había dejado de darles la espalda en todo lo demás.
Aunque
no parecía llevarse tan bien con el sargento como el tío Cástulo, la mayoría de
los vecinos sospechaban que le pasaba información de cualquier desliz o pequeña
infracción de la que se pudiera enterar, aunque fuera en el confesionario. Si
bien eso era exagerar. Él nunca habría roto el secreto de confesión. Pero de
todo lo demás de lo que se enteraba, de cualquier otra forma, acababa siendo
partícipe el sargento García.
Rogelio,
el secretario, era un individuo jactancioso y prepotente con los vecinos, pero
rastrero y servil con el alcalde y sobre todo con el sargento García. Un sujeto
que prefería empaparse en Varón Dandy antes que ducharse, quizá por aversión al
agua, pues nadie le había visto nunca ingerirla ni usarla de otra forma. No
como el orujo. Al mosén lo trataba de usted, y no lo veía como alguien a quien
despreciar, como a los campesinos, ni al que alabar sobremanera, como al
sargento García, y en el fondo lo consideraba casi como a un igual, quizá por
formar pareja con él en las partidas del casino.
En
cuanto al sargento García... Bueno, lo mejor que se podía decir de él era que
tenía unos ojos fríos como el hielo, un colmillo lobuno y prominente qué
enseñaba al sonreír y, como decía el romance, el alma de charol, negro, y de
plomo la calavera.
Llevaba
años en el pueblo, y aunque nadie conocía su pasado, nadie tenía la más mínima
duda sobre el mismo. Mantenía al pueblo en un puño desde el régimen anterior, y
su presión no había disminuido con el cambio de gobierno. Su presencia siempre
causaba temor y resquemor, pero nadie dejaba de acudir al local a pesar de su
presencia, en parte porque la sentían amortiguada por la del tío Cástulo, la
única persona a la que realmente respetaba, y en parte porque nadie quería
perderse las explicaciones de las noticias que daba “el opiniones”.
Aun
con todo, el ambiente era agradable las tardes de los domingos de verano en el
casino. Afuera el bochorno apretaba, pero dentro las paredes de piedra y adobe
mantenían un frescor placentero.
Y
a pesar de la presencia del sargento García, los vecinos acudían a tomarse los cafés
o los vinos, a jugar a las cartas y a escuchar como Gervasio, “el opiniones”, leía y explicaba las noticias del periódico. Y el sargento no
era el menos atento, aunque lo disimulaba jugando la partida y sorbiendo su
habitual café negro, caliente y espeso, a la turca.
-
Aquí dice que el Rey Juan Carlos y su “sequito”, han acudido a la
jura de bandera de los cadetes en Marín. - les contaba a todos “el opiniones”.
-
Oye Gervasio, ¿y qué es eso de “su sequito”?
Y
Gervasio, “el opiniones”, respondía:
-
Por el contexto debe de ser el hijo.
Y
en la mesa de al lado el sargento García sonreía enseñando el colmillo lobuno,
calculando si eso constituía una falta de respeto por la que poder darle un
repaso al “opiniones” en los sótanos del cuartelillo. Y mientras lo
decidía, y para desesperación de Mosén Damián, se llevaba la baza de cartas en
juego y cantaba las cuarenta.
Publicado por Balder