domingo, 7 de junio de 2026

Conexión

Cuando se monta en la mula aún faltan casi dos horas para que amanezca.

Tras recibir el aviso urgente apenas ha tenido tiempo de tomarse una rebanada de pan y un tazón de café con leche recalentado mientras se vestía. Y con ello se dispone a enfrentarse a lo que aventura va a ser un largo día. Como casi todos.

Antes de salir se demoró un instante en coger varios instrumentos de la vitrina de su despacho, mientras rezaba mentalmente por no tener que utilizarlos, y un par de frasquitos del armario de las medicinas, que introdujo cuidadosamente en su maletín. Le dice a Marcela que avise a los pacientes que vayan llegando de que hoy no habrá consulta, porque se barrunta que estará fuera todo el día, pues una puérpera con fiebre no es cosa baladí. Y que, si hay algo urgente, que le mande recado a los lugares donde prevé que va a estar.

Y ya con todo preparado y más o menos organizado, arrea a la mula para que apure el paso. Si la cosa va bien, y consigue controlarle la fiebre a la reciente madre, aprovechará el resto del día para visitar las viviendas de otros dos o tres convalecientes que, por lo alejado del pueblo, no puede atender tan frecuentemente como desearía, aunque eso le obligue a regresar a su domicilio ya de anochecida.

El frescor y la humedad de la madrugada se le introducen hasta los huesos, pero al menos terminan de despejarlo y le permiten ordenar las ideas y hacerse una composición del largo día que le espera.


Se levanta cuando aún no están puestas las calles, desayuna medio dormida y conduce durante una larga hora.

En el primer centro de salud está dos horas atendiendo a veinte pacientes. La luz se va y tiene que pasar más de la mitad de la consulta a oscuras y sin ordenador. Y al salir, y antes de reiniciar su periplo diario, para en el domicilio de otro enfermo.

Vuelve a enfilar la carretera con cierta angustia, pues los dieciocho minutos que la separan del segundo centro de salud están siempre sembrados de la desesperación de saber que cuando llegue ya habrá gente esperando en la puerta. Gente por otro lado tan cortés que le sugiere que se tome algo antes de empezar, e incluso se ofrecen a traérselo de sus propias casas.

Antes de empezar tiene que escribir los evolutivos de los pacientes del primer centro, porque si no se le olvidarán, y porque no puede guardar notas a mano que los identifiquen por la ley de protección de datos. No merece la pena enfadarse a pesar del dolor de cabeza que empieza a despertarse.


Por suerte la enferma reacciona bien a los tónicos, a la infusión y al resto de los tratamientos y cuidados que le ha administrado, y que consiguen bajarle la fiebre. La mujer enlutada que la acompaña observa todo imperturbable junto a la cuna de la criatura situada al lado de la cama de matrimonio. El hombre, por primera vez tras cuatro horas largas de trabajo agotador, y tras comprobar, una vez más, que la temperatura es la correcta, levanta la mirada del lecho de la joven y dirige sus ojos hacia el bebé y la callada abuela. Sonríe, y le indica como administrarle a la puérpera los medicamentos que ha dejado en la cómoda de la habitación, y como adaptarle la leche de vaca al bebé mientras la madre no pueda amamantarlo.

A la salida se bebe de un trago la copa de aguardiente con la que le obsequian, y monta de nuevo en la mula, para dirigirse a las otras visitas que tiene pendientes bajo un cielo que amenaza lluvia.


En el segundo centro de salud, y tras atender a cuarenta y dos pacientes en cuatro horas, de los que más de la mitad son urgencias, se dirige a los tres domicilios de los que le han dejado aviso. Uno el de una señora de 102 años, sin historia previa de ningún tipo, en mitad del monte, junto a la cantera abandonada, donde no hay cobertura ni más referencias; otro en una antigua casa de piedra acogedora, en el bosque junto al río, donde acude con frecuencia y donde sabe que siempre es bien recibida; y un tercero un poco más lejos, donde el camino se estrecha y se asilvestra, más aún si cabe, en la umbría de pasalodos, donde el olor a pinos se empapa con el del Mar.

Tras salir del segundo domicilio son cerca de las cuatro de la tarde, y el café de la mañana hace tiempo que ha dejado de hacerle efecto. No tiene capacidad para pensar, ni sabe si la tendrá para atender la última visita que le queda, ni para las casi dos horas de camino a casa, a una comida que ya no le apetece y a una cama que se le antoja un sueño inalcanzable.

Para colmo el día se ha convertido en uno de esos que hacían que los celtas temieran que el cielo les cayera sobre las cabezas. Lluvia, granizo, rayos y truenos. El agua ya corre por el camino, amenazando con hacerlo impracticable de un momento a otro.


Si no encuentra refugio pronto se va a calar hasta los huesos a pesar del capote encerado. Así que deja el camino principal y se encamina hacia la cercana ermita de san Cristóbal.

Pero a pesar de la cercanía, cuando llega, tanto la mula como él mismo están hechos una sopa. Le quita la montura al animal, lo seca como buenamente puede, y la deja atada y más o menos acomodada en el atrio de la capilla. Al menos allí estará parcialmente resguardada de la lluvia y de las inclemencias de aquel desapacible día. Y tras despojarse del capote y de la chaqueta empapados, entra en la antigua iglesia.

La capilla está a oscuras, apenas iluminada por la lámpara del Santísimo y por las tenues luces que la tormenta deja pasar a través de los estrechos ventanucos. Como su construcción es de estilo románico, ya en condiciones normales no permite entrar mucha claridad del exterior, y con la que está cayendo afuera apenas deja pasar unos débiles y macilentos rayos de luz.

Se sienta en uno de los bancos cercanos al altar y se dispone a esperar a que escampe mientras se lía un cigarrillo de picadillo y lo enciende. Sabe que no es muy correcto fumar allí, pero realmente lo necesita.


Las torrenteras anegan el camino y amenazan con dejarla tirada a ella y a su vehículo en cualquier parte. Así que decide que tiene que buscar refugio y que ya llegará al centro de salud o a su casa cuando Dios quiera.

Entonces recuerda la ermita de San Cristóbal y se dirige allí. Está en alto, habitualmente abierta y es un lugar agradable que le gusta visitar. Ya en la puerta y tras dejar el coche junto al atrio, se envuelve en el viejo chaquetón del SERGAS, pelado por todas partes, que ya no conserva su poder impermeable, pero que aún abriga más que los nuevos, y sobre todo que conserva una infinidad de olores, de risas y de lágrimas, e intenta llamar por teléfono, pero no hay cobertura.

Así que, sin más demora, se introduce en la oscura capilla, apenas iluminada por la lámpara del Sagrario y por las tenues luces que la tormenta deja pasar a través de los estrechos ventanucos. Y se sienta en uno de los bancos cercanos al altar.


Le llega un tenue olor a tabaco de picadura y se vuelve hacia donde cree vislumbrar la brasa de un cigarrillo.

A él le ha parecido que la puerta se abría y se volvía a cerrar, y que una tenue brisa con olor a flores le reaviva ligeramente el ascua del pitillo.

Entonces se vislumbran en la oscuridad y se sonríen reconociéndose.

- “¿Un duro día?”, pregunta él.

- “Como todos”, responde ella.

Y no se dicen nada más.


Afuera la vida sigue y se enmaraña en diferentes tiempos que realmente son los mismos tiempos, y en un espacio que es el mismo espacio, aunque sea distinto. Ambos saben que aún a pesar del cansancio y del dolor, esa es su gente, su mar, su tierra y su hogar. Se les eriza la piel y, entreviéndose mutuamente en la oscuridad, se sienten felices pese a todo, sabiendo que nunca han estado solos.

La lluvia cae impertérrita e indiferente al tiempo y al espacio empapándolo todo, pero ambos saben que, tarde o temprano, escampará.



Publicado por Balder