domingo, 21 de junio de 2026

Por la cándida adolescencia

Recientemente se han jubilado varios de mis amigos, incluido mi último jefe. Han sacado la hoja roja, que decía Delibes. Aunque hoy en día la jubilación no tiene nada que ver con la de la época en la que transcurría la novela de don Miguel.

El caso es que, en vista de esas jubilaciones cercanas, uno siente que tiene que ir poniendo las barbas a remojar.

Y con ello me han venido a la memoria otros tiempos y otras épocas. Los tiempos en los que los conocí y esa época en las que creíamos saberlo todo, en las que nos sentíamos inmortales e inmunes a cualquier daño. Cuando el mundo era joven, hermoso y enorme. Cuando todo era posible y todo lo malo podía ser cambiado o al menos mejorado. Y cuando, para cualquier problema, teníamos en nuestra mente remedio y solución.

Pero luego llegaron los lobos, las traiciones, las desilusiones, las heridas... La conciencia de vulnerabilidad en nuestras propias carnes o en los ojos de un hijo o de un ser bienamado. Luego, sencillamente, pasó la vida. Y descubrimos que los malos ganaban siempre, o casi siempre, y que el mundo no se dejaba cambiar. Y nos encontramos con que sólo nos quedaban recuerdos, inseguridades e incertidumbres.

No me disgusta mi edad, ni mis cicatrices, ni mis dudas, ni mi memoria. He vivido una larga y, en general, buena vida. Y aunque he perdido sueños e ilusiones por el camino, he de reconocer que el recorrido ha sido, cuando menos, entretenido. Tengo una hija y una familia que no me merezco. He tenido y tengo el privilegio de contar con grandes amigos, que son excelentes personas.  He disfrutado viendo, palpando, escuchando, oliendo y degustando las más hermosas obras creadas por el ser humano. He sostenido la mirada de la doncella de los ojos vacíos y hasta me he atrevido a sacarla a bailar y a sonreírle en raras ocasiones. Aunque en el camino me haya arrebatado de entre mis brazos a compañeros, amigos, familiares, anhelos y esperanzas. He conocido y tratado a seres humanos de toda clase y condición. He escuchado sus voces, sentido su piel y abrazado sus almas. Me ha tocado consolar lo inconsolable, acompañar en momentos extremadamente duros y compartir toda clase de sufrimientos y de penas. Pero a cambio de eso, aunque en menos ocasiones de las que quisiera, he podido sentirme útil ayudando, he tenido la dicha de compartir momentos de extrema felicidad con amigos, con familiares y con desconocidos, y he recibido agradecimientos, generalmente inmerecidos, capaces de compensar casi cualquier dolor. Y he sufrido desengaños, traiciones, injusticias, abandonos y olvidos.

Y cada uno de esos momentos, tanto los buenos, pero sobre todo los malos, me han ido dejando huellas en el alma. Y esas marcas han ido desgastándome las aristas, las alas, los afanes y, especialmente, la inocencia.

No es malo cumplir años, puesto que, como dice Michael Caine, parece mucho mejor que la otra alternativa. Pero las cicatrices y los recuerdos duelen, por mucho tiempo que pase. Y en ocasiones siento nostalgia de esa edad en la que éramos ingenuos, en la que nos veíamos invencibles y en la que sentíamos que podíamos comernos el mundo. Y en esas ocasiones brindo con mis propios fantasmas, usando la fórmula de Denys Finch Hatton, y alzando mi copa les digo: “Por la cándida adolescencia”.



Publicado por Balder