domingo, 2 de octubre de 2022

Semblanzas II

          El abuelo Pedro educó primero a sus hijos y después a sus nietos bajo los férreos principios con los que su padre y su abuelo lo educaron a él, haciendo suya la frase que podría ser sin duda alguna el lema de nuestra familia. “Ningún hombre puede pagar a otro por un trabajo cuyo coste real desconoce”.

          Me acuerdo muchas veces de mi abuelo, de su rostro moreno curtido por el sol, de sus exquisitos modales de aristócrata rural, de sus ojos brillantes y un poco tristes y de sus manos curtidas por el trabajo en el campo pero perfectamente capaces de mimar su extensa biblioteca llena de volúmenes que abarcaban casi cualquier tema imaginable por el hombre; pero me acuerdo muy especialmente cuando leo en la prensa esas noticias de cachorros de empresarios ricos que “empiezan por la base” para controlar su empresa como si hubiesen descubierto la pólvora en una estantería de camisetas o una lata de conservas. Para mi abuelo la nobleza no era en modo alguno un privilegio sino un trabajo cargado de responsabilidad y en ocasiones una pesada carga en la que su férreo sentido del deber se cruzaba con frecuencia de modo transversal con la delgada línea de la legalidad, y aun con todo y eso, jamás vi temblar sus manos a la hora de hacer lo que él consideraba correcto más allá de lo que los hombres habían definido como legal en aquellos tiempos confusos y convulsos de la posguerra.

          Desde muy niños, independientemente de nuestro sexo, participábamos activamente en todas las tareas de la casa y la propiedad.

          Vivían con nosotros las dos hermanas de mi abuelo, Norita y Rosalía y según sus propias palabras habían pasado a “mejor vida” cuando entraron en edad casadera y a la bisabuela la asustó de verdad que ningún caballero en su sano juicio quisiera pretender a dos salvajes capaces de ordeñar una vaca, bordar una mantelería, cazar jabalíes o pintar primorosos paisajes a acuarela sin que se les moviese un solo mechón de sus resplandecientes cabellos.

          Nadie habría adivinado viendo a aquellas dos ancianas de aspecto decimonónico y algo despistado la intensa vida que cada una a su manera habían vivido.

          La tía Rosalía se casó con un joven diplomático, con el que antes de su prematura muerte le dio tiempo a recorrer el mundo, del derecho y del revés. Detrás de su gesto sereno y dulce, que muchas veces rayaba lo ausente, se escondían recuerdos de bailes con el zar de Rusia, meriendas con la reina Victoria y vertiginosos ascensos a lo más alto de las pirámides de Giza. Guardaba en su cuarto una hermosa caja de caoba llena de fotos y pequeñas acuarelas que ella misma había pintado en sus múltiples viajes, rostros, paisajes, ilusiones y esperanzas que le fueron arrebatados demasiado pronto, dejándola sin marido y sin hijos cuando aún era muy joven. Cuando se quedó viuda decidió volver a la casa de sus padres y aquí seguía, desgranando de vez en cuando alguna historia interesante de su fugaz pasado. Guardo muchas de aquellas fotografías y un pequeño diario primorosamente encuadernado por ella misma en el que recogía sus impresiones de la vida, vistas desde los ojos sencillos de una mujer hermosa y buena, llena de ideas para mejorar el mundo y que sin embargo pasó por él de un modo demasiado prudente y silencioso.

          La tía Norita nunca se casó, a pesar del celo y las preocupaciones de su madre nada tuvo que ver la educación extraña y liberal del bisabuelo Juan. Aparentaba una simpleza engañosa con sus modales revenidos y su perpetuo bordado entre las manos; con demasiada frecuencia parecía no pertenecer a este mundo y estar de permanente visita entre nosotros; pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, descubrías un brillo de súbito interés en su mirada, un atisbo de un intelecto pausado y observador al que muy pocas cosas parecían ya tomar por sorpresa. Sé que era una ávida lectora y que muchos de los libros de la biblioteca habían pasado por sus manos más de una vez. Acumulaba pequeñas colecciones por los rincones de su cuarto, abanicos, cajas de metal, frascos de perfumes y un sinfín de cosas aparentemente intrascendentes, al menos para los demás, todas con una fecha asignada y que según supimos había ido recibiendo a lo largo de los años de distintas amistades que pudieron recorrer un mundo que ella tan solo atisbaba a través de aquel cúmulo de recuerdos. Cuando falleció, primorosamente atadas en pequeños grupos ordenados por años, encontramos cientos de cartas sin remitente que el abuelo quiso apresurarse a quemar. Mi madre no le dejó, aunque por su mente nunca pasó la idea de abrirlas, solo de conservarlas como un pequeño mapa del tesoro sin descifrar; pero en una casa llena de adolescentes los tesoros son muy difíciles de guardar y una tarde de invierno, ya no recuerdo quien de todos nosotros se atrevió a profanarlas. Eran cartas de amor, maravillosas, sutiles, preñadas de la tormenta interior de quien ama sin poder amar, de quién ha elegido entre dos amores el más grande pero no ha podido dejar de mimar al más pequeño. La última había llegado apenas dos semanas antes del fallecimiento de la tía y venía remitida desde una remota diócesis de algún país del hemisferio sur. En el sobre, un amable secretario la informaba del fallecimiento de su buen amigo el padre… y adjunta a la carta tan solo una pequeña nota escrita con letra temblorosa “Te veré en el cielo, donde todo amor será posible”. Fue de las pocas veces en mi vida que vi llorar a mamá.

          Una de las otras fue aquella tarde de otoño, cuando el accidente de caza que le costó el pie izquierdo y la rodilla derecha a Ramirito Bonome, la misma tarde que el abuelo Blasco reapareció en nuestras vidas, la misma tarde que la escopeta de tiro de mi madre desapareció para siempre y la misma tarde en que misteriosamente todas las mujeres de casa se quemaron una mano ya fuera con la plancha de metal, los tizones de la chimenea, o cualquier otro objeto que de uno u otro modo les salió al paso para lesionarlas irremediablemente.


Publicado por Farela