domingo, 28 de noviembre de 2021

Nostalgia

 

Llega un momento en el que no sabes si es mejor regresar a tus orígenes o quedarte y seguir soñando con esos tiempos pasados que ya no volverán.

Decía Einstein que el tiempo es relativo, y que va más o menos rápido en dependencia de la gravedad y de la velocidad a la que se desplaza el observador. Pero el tiempo también se dilata o achica, o al menos se nos antoja que lo hace, según sea la distancia que nos separa de nuestros amores y de nuestros anhelos.

La mayoría de los emigrantes sueñan con volver a su tierra, a sus raíces, a aquellos lugares donde están o estuvieron sus seres queridos, o donde fueron felices. Aun en contra de la opinión de Félix Grande.

Luego, el tiempo, ese padre cruel que nos devora, y la vida, con su sucesión de hechos que nos pasan mientras hacemos planes, les van poniendo en su sitio. Y lo que iban a ser meses se convierten en años y los años en décadas. Y el momento del regreso se va demorando una y otra vez.

Y siguen recordando aquellos paisajes de su tierra cual eran cuando partieron, sin darse cuenta que el tiempo y la vida han pasado tan crueles e inmisericordes por esos lugares como por ellos mismos.

Y un día, por fin, regresan nostálgicos e ilusionados a su rincón de origen, y descubren abrumados que todo es lo mismo, pero que ya nada es igual. Y perciben que han desaparecido, o que han cambiado hasta hacerse irreconocibles, aquella plaza diminuta donde corrían tras las palomas, aquella vieja tienda o librería en la que compraban comics usados, o aquel puesto de fruta o de chucherías en los que se gastaban su exigua asignación semanal. Todos han desaparecido, o han sido sustituidos por otros comercios o por otros establecimientos que se les antojan incongruentes y postizos.

Ya nadie los conoce en aquella cafetería donde pasaban media vida. Pero lo más triste es que ellos tampoco reconocen a ninguno de sus actuales parroquianos, ni a los camareros.

E incluso los antiguos amigos, más canosos y circunspectos, están menos dispuestos a reanudar las actividades lúdicas en las que pasaban los días, porque tienen otras labores, otras ocupaciones y otros seres con los que seguir viviendo.

Y descubren que los paisajes son iguales pero que están distintos. Porque las casas, las calles, la propia ciudad, son las mismas pero están diferentes. Y hasta el Sol, la Luna y las estrellas se les antojan extraños.

Y se sienten tan forasteros como en la tierra a la que emigraron y en la que, después de tantos años, siguen sin acabar de integrarse porque durante todo ese tiempo permanecieron aferrados a unos recuerdos de algo que ya no existe y que ya no es.

Y se preguntan nostálgicos, aunque conocen de sobra la dolorosa respuesta, si es que todo se ha transformado o si los que han cambiado han sido ellos mismos.

Y sienten como suya la frase Ben Rumson en “La leyenda de la ciudad sin nombre”: “Soy un ex-ciudadano de ninguna parte. A veces echo de menos mi hogar”.


Publicado por Balder