domingo, 27 de septiembre de 2026

60 años de la vieja amiga

 En homenaje a los 60 años de radio clásica, la vieja amiga.


Tardó mucho tiempo en descubrir la llamada música clásica.

De niño, su único contacto con ella eran los interminables conciertos que ponían en televisión durante las Semanas Santas. Por lo visto, a los programadores de la época les debía de parecer que aquellos cuartetos de cuerda, que la mayor parte del público no entendía, eran adecuados para aquel recogimiento en torno a la Pasión, la muerte y el dolor.

Luego, por casualidad, descubrió la película Fantasía de Disney. Un domingo por la mañana sus padres los dejaron, a su hermano y a él, viéndola en un cine de reestreno, mientras ellos se iban a disfrutar de otra película de arte y ensayo, no tolerada para las tiernas edades de sus hijos. Y en aquella sesión matinal, contemplando aquella sucesión de dibujos al ritmo de Bach, de Tchaikovski, de Stravinski, de Beethoven… algo se le despertó dentro de su ser. Y al principio con curiosidad, y luego con auténtica pasión, comenzó a buscar en la televisión y en la radio aquella, al menos para él, extraña, novísima y hermosa música. Y en plena efervescencia adolescente descubrió Radio 2. No se puede decir que no escuchara otros programas de radio como los 40 principales. Pero en los momentos más críticos siempre volvía a darle al dial para encontrarse con aquella música y con aquella emisora de radio. Y sobre todo con viejos amigos como el Viejo Peluca y Fernando, con Wagner y Tellez, o con Poledouris, Miklós Rózsa y Torres-Dulce.

Luego, la vida y su profesión lo llevaron a lugares y a situaciones no recomendadas para todos los públicos y que asustarían al mismísimo Dante. Y en las más de ellas, sin contar con la mano de ningún Virgilio que le guiara por aquellos círculos infernales. Pero siempre intentaba llevar dos cosas, una moneda en la boca, por aquello de las explosiones y por si había que darle su estipendio al barquero, y algún tipo de receptor de radio, (que fue cambiando con los años de analógico a digital), con el que intentar escuchar, en los escasos momentos de quietud, a su vieja amiga que, como las antiguas divas del cine clásico, se cambió el nombre para aumentar su glamur.

Y cuando tuvo la edad reglamentaria y el alma suficientemente colmada de horrores, regresó al hogar en busca del siempre inalcanzable reposo del guerrero. Y sus dedos volvieron a buscar en el dial a su vieja, entrañable e inmutable amiga. Porque es bueno que alguna cosa en nuestra vida permanezca estable para podernos asir a ella cual áncora protectora. Porque el sol y la luna cambian, pero la vieja emisora era la misma. Y ahora le ofrecía al amanecer sinfonías de la mañana, en grandes ciclos de árboles repletos de música, o extrañas longitudes de onda de música antigua en blanco y negro, o música viva y moderna a la carta en la hora azul, o Gospel, Jazz y no sólo jazz, o a disfrutar desde la fila cero de tardes de ópera en las que desmontar a Wagner, o de la armonía de la danza y de rubatos en otros temas de música, o en notas a pie de página en una ciudad silenciosa. Porque ahora le ofrecía, como siempre, el perfecto ambiente para poder disfrutar de la vida, con toda su alegría, pero también con toda su pasión, su muerte y su dolor.

¡Que sabios que habían sido aquellos viejos programadores de radiotelevisión española!


Publicado por Balder