Las contracciones se le presentaron apenas hubo oscurecido.
Desde tiempos inmemoriales la mayoría de los partos en los mamíferos comenzaban de noche. Cuando la manada estaba agrupada y descansando. Con ello las parturientas podían gozar de cierta protección durante ese proceso tan vulnerable.
Era parte de la selección natural. La hembra que paría de día, mientras la manada proseguía su periplo, se quedaba aislada a merced de los posibles depredadores, que nunca habían sido pocos.
Por eso no le sorprendió que el parto comenzara apenas había anochecido. Además, ya era una madre experimentada. De hecho, algunas de sus hijas ya eran madres a su vez, y formaban parte de la manada y tenían sus propias crías. No obstante, sintió que en esta ocasión algo no iba bien. Las contracciones eran más intensas y dolorosas de lo habitual, sin que con ello sintiera que el feto estuviera más cerca de salir al exterior, y además empezó a sangrar abundantemente.
Aunque se alejó ligeramente, buscando un lugar resguardado entre la vegetación más alta que pudo encontrar, el olor a sangre inquietó primero a las otras hembras y a los cachorros que se encontraban más cerca de ella. Y enseguida esa inquietud acabo por contagiarse a todo el grupo, que comenzó a agitarse nervioso.
Ella se tumbó en el suelo, retorciéndose en silencio con cada nueva contracción. El tiempo fue pasando sin que los dolores se aliviaran y sin que el parto pareciera progresar. Las horas transcurrieron lentamente hasta que, poco a poco, el cielo fue iluminándose mientras el frío previo al amanecer parecía penetrarle hasta los huesos, haciéndole temblar entre dolor y dolor. Sintió un lamido cariñoso en su hocico y, al abrir los ojos cansados, vio que era Pintas, su hija mayor, que, seguida por su propio retoño de apenas unos días de edad, se había acercado para intentar confortarla. Ella la miró con ternura y le agradeció el gesto en silencio.
Pintas siguió lamiéndola y alentándola hasta que por el horizonte surgió el enorme disco dorado que indicaba que comenzaba un nuevo ciclo en la sabana.
Y lentamente, la manada se puso en marcha en su peregrinaje diario en busca de pastos frescos. Pintas esperó y le topeteó suavemente la cabeza incitándola a levantarse. Ambas sabían que quedarse sola, sin la protección del grupo, y con ese exasperante olor a sangre no podía ocasionar nada bueno.
Con el apoyo de su hija consiguió incorporarse y comenzar a dar unos débiles y lentos pasos, pero cada vez se iba quedando más rezagada del grupo. Hasta que finalmente Pintas miró a su propia hija y luego a su madre, y viendo que la manada se alejaba cada vez más del lento caminar de la parturienta, le dio un último y triste lametón y se alejó trotando seguida de su cría hasta alcanzar al rebaño inmisericorde.
La parturienta vio cómo, primero Pintas y luego la nube de polvo se iban alejando, mientras ella apenas conseguía hilvanar unos pasos irregulares entre dolor y dolor. El ver como la esfera luminosa iba ascendiendo en el cielo, mientras la nube polvorienta iba disipándose en la distancia, le generó un sentimiento de abandono como no había percibido nunca en su vida.
El día fue pasando lentamente, casi tan lento como su marcha. No se atrevía a dejar de caminar, pero con cada contracción se detenía, arqueaba la columna, y sentía la sangre correrle por las patas traseras. Varias aves agoreras, con evidentes intenciones aviesas, comenzaron a seguirla volando en círculos. E incluso le pareció ver unos ojos ansiosos, malignos y brillantes, entre las matas herbáceas, observándola pacientes.
Paulatinamente fue llegando de nuevo la noche sin que su situación hubiera mejorado lo más mínimo. Aunque entonces, por fin, le pareció notar un cambio en su interior y que las contracciones se hacían aún más intensas. En medio de aquel dolor empezó a sentir ganas de empujar. Intentó encontrar un lugar resguardado en aquella oscuridad, y se tumbó de lado. Pero el ostensible rastro de sangre hacía imposible cualquier intento de ocultamiento.
Poco a poco notaba como la cría iba descendiendo por su interior, camino de su nacimiento. Y sintió una combinación de alivio y ansiedad.
Y en ello se encontraba, cuando vio de nuevo aquellos ojos brillar en la oscuridad. Ojos de felino. No eran de ningún gran depredador, esos no permanecerían ocultos esperando. Así que serían de los pequeños, aunque no menos peligrosos, que aguardaban a que se produjera el nacimiento. Pero a esas alturas ya nada podía hacer.
Comenzó a sentir un frío atenazante, no sabía si por la cercanía del nuevo amanecer o por la debilidad unida a la angustia y al dolor. Y entre espasmo y espasmo, intentó no perder de vista aquellos malévolos ojos. Era consciente de que el momento más vulnerable sería cuando saliera su cría al exterior. Antes de que fuera capaz de tenerse en pie ella sola tendría que protegerla y defenderse a sí misma. Así que en contra de milenios de instinto se incorporó dispuesta a envestir a cualquiera que amenazara a su cría nonata o a ella misma, a pesar de los dolores y el cansancio. Y eso hizo.
Una nueva contracción la atravesó de parte a parte y empujó con todas sus fuerzas hasta sentir que, de pronto, salía de su cuerpo un chorro de líquido amniótico sanguinolento, precediendo a las manos y a la cabeza de la cría. Dio unos pasos vacilante mientras notaba como el bebé salía de su interior poco a poco, lentamente, hasta finalmente caer sonoramente al suelo, junto con otro chorro de sangre. Habría sido mejor que hubiera estado tumbada, pero no se fiaba de esos ojos que la acechaban en la oscuridad. Y acertó.
En cuanto nació la criatura, una bestia feroz surgió de la oscuridad como un rayo hacia ellas. La madre se revolvió como pudo e intentó interponerse en el camino de la fiera. En el último segundo metió la cabeza y envistió con sus escasas fuerzas acertando en el lomo del agresor derribándolo. Abrió sus ojos cansados y vio que el felino retrocedía hacia la oscuridad.
Por un momento sintió la euforia de la victoria, pero enseguida comprendió que no era normal aquella rápida retirada del depredador. Giró nerviosa la cabeza para descubrir horrorizada que otro felino se llevaba a su inmóvil cría hacia la oscuridad. Intentó seguirlo con sus escasas fuerzas, pero acabo cayendo de rodillas, exhausta y desesperada.
No podía ser que tanto esfuerzo y aflicción concluyera con ese dolor, tanto físico como emocional. Pero comprendió que ya no podía hacer nada por aquella criatura recién nacida.
Por unos momentos se quedó tumbada, con la cabeza apoyada en el suelo sintiendo como una nueva contracción intentaba expulsar la placenta y la bolsa. Pero otra sensación opresiva en su pecho la atenazaba y enmascaraba el dolor físico. Sólo tenía ganas de dejarse llevar y abandonarse a esa sensación de angustia, desgarro y agotamiento.
Con todo, el instinto de supervivencia es más fuerte que la tristeza, al menos algunas veces. Y a pesar del dolor, en cuanto pudo, se incorporó e intentó orientarse en busca de su manada.
Se sentía mareada y agotada. Pero, aunque sus pasos eran débiles e irregulares, algo en lo más profundo de su cerebro arcano la impulsaba, a pesar de todo lo pasado, a seguir caminando, a seguir viviendo.
Mas las desgracias nunca vienen solas. Y el olor a sangre y dolor que desprendía su cuerpo y que era esparcido por la brisa nocturna por toda la sabana, estaba atrayendo a cuanto depredador se hallara en los alrededores, y aún más allá. Y cuando oyó en la distancia aquel sonido escalofriante, mitad risa, mitad aullido, sintió un escalofrío de terror atávico.
Intentó acelerar sus pasos exánimes, pero la fatiga y ese sentimiento que intentaba invadirla, de dejarse llevar, se lo impedían. Y a pesar del miedo cada vez caminaba más despacio.
Y en ello estaba cuando sintió un dolor agudo junto a su vulva sangrante. Giró como pudo la cabeza y vio a una hiena sonriente aferrada a su trasero, mientras escuchaba a otras acercarse y supo que todo había concluido. Se dejó ir agotada y se tumbó inerte esperando que al menos fuera rápido.
Publicado por Balder