domingo, 9 de agosto de 2026

Las tardes de verano en el Casino

          Aquellas tardes de verano la temperatura era agradable en el Casino.

          Su nombre completo y ostentoso era Asociación Cultural y Recreativa Casino de Verisante. Pero, a pesar de su presuntuoso nombre, no era más que un bar de pueblo donde los lugareños ociosos pasaban las horas bebiendo y jugando a las cartas, imaginándose que eran miembros de un club social, como esos de los señoritos de la capital.

          Las tardes de domingo estaba bastante concurrido. Sobre todo a la hora en que Gervasio, “el opiniones”, les leía y explicaba las noticias a los parroquianos. Mientras indefectiblemente, las fuerzas vivas echaban la partida al guiñote.

          Una pareja la formaban habitualmente el sargento García y el tío Cástulo, el alcalde. Mientras que mosén Damián y Rogelio, el secretario, frecuentemente perdían juntos.

          El tío Cástulo había sido alcalde desde ya nadie sabía cuántos años, y a pesar de la caída del antiguo régimen y la vuelta a la democracia, seguía siendo elegido por los vecinos del pueblo para seguir en el cargo, en parte por tradición y en parte porque sentían que se lo debían. Y es cierto que muchos le debían el haber salido con bien de los tiempos de la guerra y de la represión posterior. Por eso seguían eligiéndolo, independientemente de las siglas del partido por las que se presentara, y por eso le perdonaban su camaradería con el sargento García.

          Lo cierto es que el tío Cástulo se llevaba bien con todo el mundo, y que era querido por todos. No como mosén Damián.

          Mosén Damián había pasado el concilio Vaticano Segundo, sin que el concilio pasara por él, impermeable a las nuevas corrientes de la Iglesia, e impasible el ademán. Y si había dejado de misar en latín y de espaldas a los fieles, no había dejado de darles la espalda en todo lo demás.

          Aunque no parecía llevarse tan bien con el sargento como el tío Cástulo, la mayoría de los vecinos sospechaban que le pasaba información de cualquier desliz o pequeña infracción de la que se pudiera enterar, aunque fuera en el confesionario. Si bien eso era exagerar. Él nunca habría roto el secreto de confesión. Pero de todo lo demás de lo que se enteraba, de cualquier otra forma, acababa siendo partícipe el sargento García.

          Rogelio, el secretario, era un individuo jactancioso y prepotente con los vecinos, pero rastrero y servil con el alcalde y sobre todo con el sargento García. Un sujeto que prefería empaparse en Varón Dandy antes que ducharse, quizá por aversión al agua, pues nadie le había visto nunca ingerirla ni usarla de otra forma. No como el orujo. Al mosén lo trataba de usted, y no lo veía como alguien a quien despreciar, como a los campesinos, ni al que alabar sobremanera, como al sargento García, y en el fondo lo consideraba casi como a un igual, quizá por formar pareja con él en las partidas del casino.

          En cuanto al sargento García... Bueno, lo mejor que se podía decir de él era que tenía unos ojos fríos como el hielo, un colmillo lobuno y prominente qué enseñaba al sonreír y, como decía el romance, el alma de charol, negro, y de plomo la calavera.

          Llevaba años en el pueblo, y aunque nadie conocía su pasado, nadie tenía la más mínima duda sobre el mismo. Mantenía al pueblo en un puño desde el régimen anterior, y su presión no había disminuido con el cambio de gobierno. Su presencia siempre causaba temor y resquemor, pero nadie dejaba de acudir al local a pesar de su presencia, en parte porque la sentían amortiguada por la del tío Cástulo, la única persona a la que realmente respetaba, y en parte porque nadie quería perderse las explicaciones de las noticias que daba “el opiniones”.

          Aun con todo, el ambiente era agradable las tardes de los domingos de verano en el casino. Afuera el bochorno apretaba, pero dentro las paredes de piedra y adobe mantenían un frescor placentero.

          Y a pesar de la presencia del sargento García, los vecinos acudían a tomarse los cafés o los vinos, a jugar a las cartas y a escuchar como Gervasio, “el opiniones”, leía y explicaba las noticias del periódico. Y el sargento no era el menos atento, aunque lo disimulaba jugando la partida y sorbiendo su habitual café negro, caliente y espeso, a la turca.

          - Aquí dice que el Rey Juan Carlos y su “sequito”, han acudido a la jura de bandera de los cadetes en Marín. - les contaba a todos “el opiniones”.

          - Oye Gervasio, ¿y qué es eso de “su sequito”?

          Y Gervasio, “el opiniones”, respondía:

          - Por el contexto debe de ser el hijo.

          Y en la mesa de al lado el sargento García sonreía enseñando el colmillo lobuno, calculando si eso constituía una falta de respeto por la que poder darle un repaso al “opiniones” en los sótanos del cuartelillo. Y mientras lo decidía, y para desesperación de Mosén Damián, se llevaba la baza de cartas en juego y cantaba las cuarenta.


Publicado por Balder