A mí personalmente me gusta mucho viajar,
especialmente me gusta recorrer España de punta a punta. Creo que si todo el
mundo es un inmenso territorio digno de ser conocido, este pequeño país en el
que vivimos es, sin lugar a dudas, uno de los lugares más dignos de recorrer.
Me gusta la antropología, me gusta descubrir como los paisajes influyen en las
personas y como las personas influyen en los paisajes. Lo que somos, lo que
sentimos y lo que pensamos viene profundamente marcado por las vivencias que
hemos tenido, por el territorio en el que crecimos, por su historia y sus
paisajes, por las personas que nos abrazaron, o dejaron de abrazarnos…
Me gusta, cuando llego a un lugar, conocer
su historia, su gente y me gusta conocerlos y valorarlos con respeto, con
amor y con seriedad, pero también con sentido del humor, porque lo que es
diferente a nosotros nos impresiona de una manera muy especial y nos deja una
huella, un poso, un aprendizaje, que es muy importante, desde mi punto de
vista, guardar con cariño en nuestra memoria, para que se transforme en un
lugar al que regresar y en el que refugiarnos y recrearnos, que nos aporte calor,
paz y el deseo de volver.
Somos lo que somos por el lugar en el que
nacimos, pero ese lugar es azaroso, no lo elegimos, del mismo modo que no
elegimos a nuestra familia ni tantas otras cosas a lo largo de la vida, así que
intento sentirme como en casa en cualquier nuevo lugar que conozco.
Y desde esa perspectiva quiero recordar un
viaje que mi marido y yo hicimos por Cantabria.
Realizamos una pequeña ruta circular
saliendo de Puente Viesgo hasta Vega de Pas, por Selaya y el puerto de la
Braguía, para volver por Ocejo y San Vicente de Toranzo.
Podría escribir durante horas sobre todas
las cosas que me impresionaron en ese viaje de cuatro días, pero desde el
respeto y el humor hubo dos que me llamaron poderosísimamente la
atención.
La primera fue, sin lugar a duda, la
visión de esos pastos de montaña, su inclinación que en algunos lugares, desde
la perspectiva visual del coche, parecían alcanzar casi la verticalidad. Ver
aquellas vacas cántabras, enormes, bellísimas, no solo sosteniéndose con
absoluta soltura en aquella pendiente, sino desplazándose por ella como si nada
de uno a otro lugar. Yo las veía tan felices, tan seguras, tan tranquilas, que
hasta llegué a sentir pena del lobo. Mi primer pensamiento fue que los partos
de estos animales tienen que ser dificilísimos, porque para sobrevivir en este
entorno tan hostil en pleno invierno, a los becerros, no les queda otra que
nacer con crampones. Yo me imaginaba la montaña nevada y al pobre lobo,
pequeño, indefenso, mirándolas con hambre casi lujuriosa desde más abajo y a la
vaca allá arriba firme, sintiéndose segura apoyada en sus poderosas piernas,
con su becerro al lado, mirándolo retadora, fijamente, así como diciéndole
“sube si tienes gónadas cabroncete”, y el pobre animal, pequeño y hambriento,
encogido e indefenso frente a aquellas impresionantes cornamentas. Eso es un
empoderamiento materno y lo demás son historias.
La segunda cosa que me llamó muchísimo la
atención fue la gran cantidad de casas solariegas que nos encontramos a lo
largo del camino. Como gallega sé muy bien que son fruto de la emigración, de
esa necesidad de salir de un entorno, que a veces puede ser tremendamente duro,
para alcanzar un lugar mejor. Son fruto de haber tenido fortuna en ese destino
incierto, al que te lanzas cuando abandonas el lugar seguro de tu hogar. Pero
es que si esas casas se pueden encontrar a lo largo de toda la cornisa
cantábrica, yo creo que aquí es el lugar donde más he visto por metro cuadrado,
hasta tal punto que en algún pueblo yo me llegaba a preguntar, pero si todos
son casonas señoriales, ¿quién limpia aquí? Porque francamente yo no me veo a
esa mujer retornada de la emigración, cansada de trabajar en casas ajenas,
viviendo ahora en su propio casoplón y limpiando las ventanas, (como no fuera
para ahorrar, porque algunas siempre tendremos mentalidad de pobre por muy
ricas que lleguemos a ser).
La respuesta la habíamos dejado atrás, en
Selaya, junto al Santuario de Nuestra Señora de Valvanuz. En el Museo de las Amas
de Cría Pasiegas. Este museo está dedicado a las mujeres, a la gran cantidad de
mujeres pasiegas que debido a la pobreza en el siglo XIX se vieron obligadas
abandonar sus casas y a sus propios hijos para desplazarse a cuidar las casas y
los hijos de otras. Debido a su fortaleza, y a la “calidad de su leche”, eran
las predilectas de las grandes familias para encargarse de la crianza de sus
hijos, especialmente entre la nobleza de la corte y la propia realeza, que
enviaba a sus médicos a Selaya a elegir a las mejores candidatas para criar a
nuestros infantes, príncipes y futuros reyes, entre otros a Alfonso XIII y a don
Juan de Borbón.
La elección no tenía nada de poética y
debían de cumplir requisitos muy estrictos para ser las elegidas que dejarían
atrás familia, hogar y vida, para cuidar las de otros.
Seguimos adelante nuestro camino hacia
Puente Viesgo con esa sensación un poco extraña que me invade tantas veces. Porque,
aunque siempre he creído que la historia no puede ser juzgada desde la
perspectiva de nuestros tiempos, las injusticias amparadas en la necesidad
individual y colectiva de las personas y los pueblos, parecen un continuo en el
devenir de la humanidad.
Dejamos atrás uno de tantos lugares a los
que quisiera retornar.
Un brindis por Cantabria que es tan
hermosa, a ratos tan salvaje, siempre dura y fuerte como esas vacas con
crampones, esas emigrantes retornadas con bien o sin él, y esas nodrizas con
más gónadas que los mil lobos que las acechaban a todas ellas.
Publicado por Farela