“La verdadera amistad resiste el tiempo,
la distancia y el silencio”.
Isabel Allende
Cuentan que todo esto sucedió en el verano de 1989, pero como dice la locución italiana “se non è vero, è ben trovato”.
Cuando le dieron la noticia se quedó sobrecogido. Siempre es duro perder a un hijo, pero más aun cuando apenas es un bebé. Su amigo debía de estar destrozado.
Él lo conocía bien, y a pesar de su profesión y de su aspecto impasible, sabía que tras ese rostro japones imperturbable y de su enorme corpachón de luchador de sumo, latían un corazón tierno y un alma sensible.
Tras la conmoción inicial y de meditarlo apenas unos minutos, le preguntó al director del teatro cuanto se tardaba en volar a Tokio desde Berlín. Doce horas, fue la respuesta. Calculó el tiempo del que disponía hasta el próximo concierto y no lo pensó más. Sin pasar por el hotel cogió tan sólo su violonchelo y se dirigió al aeropuerto para tomar el primer vuelo hacia la capital nipona.
A lo largo de esas largas doce horas le dio tiempo para todo. Para ensayar mentalmente el próximo concierto, para dormitar a ratos, pero sobre todo para recordar a su amigo y para reflexionar sobre el duro golpe que había recibido. Perder a su hija de apenas cuatro meses.
Recordó sus borracheras juntos, sus largas conversaciones y las reflexiones compartidas. A pesar de ser de dos culturas tan diferentes, habían descubierto que tenían muchas cosas en común.
Su amigo había llegado tarde a conocer la música clásica occidental, pero había aprendido a amarla y a deleitarse con ella. Y juntos habían disfrutado de las más hermosas composiciones. En más de una ocasión le había confesado que su compositor favorito era Bach, el viejo maestro, y que escuchar su música le hacía sentir algo parecido a lo que suponía debería de sentirse en el paraíso. Así que coincidían en muchas cosas, incluido el gusto por la música.
En cuanto llegó a Tokio se apresuró a buscar un taxi para llegar hasta la casa de su amigo. Y tras repetirle innumerables veces la dirección al conductor, consiguió que, finalmente, aquel hombre, menudo y sonriente, comprendiera que lo que quería ese extraño gaijin es que lo llevara nada menos que al domicilio del famoso yokozuma.
El trayecto duró hora y media. Y finalmente llegaron a la casa de su amigo en aquel barrio residencial.
El músico cogió el violonchelo, su único equipaje, y se dirigió hacia el jardín que rodeaba la casa. Pero una vez allí se encontró sin fuerzas para llamar a la puerta. Le parecía sentir el dolor que rezumaba a su alrededor, desde el jardín, desde las débiles conversaciones que se oían en el interior de la casa, y desde las ventanas abiertas de aquella morada, que se le antojaba terriblemente triste. No quería interrumpir el duelo de su amigo, pues desconocía las costumbres japonesas y supuso que la presencia de un occidental, forzándole a hablar en una lengua extraña, de alguna forma, perturbaría su recogimiento y su dolor.
Y así, tras trece horas y media de viaje se encontró en su destino sin tener muy claro que debía hacer. Así que hizo lo que mejor sabía, tocar el violonchelo. Se acomodó como pudo y allí, al aire libre, enfrente de aquella puerta, se puso a interpretar la Sarabanda de la Suite BWV 1007 de Johan Sebastian Bach. Y la tocó con una emoción como nunca antes lo había hecho, trasmitiendo a las cuerdas y con ellas a las notas todo el desconsuelo y el pesar que sentía y que percibía a su alrededor.
Creyó oír que la puerta se abría y que salían algunas personas al exterior, pero concentrado como estaba en la interpretación, con los ojos cerrados, no vio quien era hasta que la concluyó. Cuando terminó de tocar la melodía y dirigió su atención hacia el portal de la casa, vio en el umbral a su amigo y ambos se quedaron unos instantes mirándose a los ojos. El músico inclinó la cabeza en un saludo de respeto, que fue correspondido por el japonés, y no se dijeron otra cosa.
Rostropovich guardó el instrumento y, sintiendo que no podía ni debía hacer nada más, se dirigió al taxi que le aguardaba seguido por la mirada emocionada y agradecida de su amigo, el yokozuma Chiyonofuji Mitsugu.
Tras el viaje en taxi y el subsiguiente vuelo de otras doce horas, aun tuvo tiempo para pasar por el hotel, ducharse, cambiarse de ropa y llegar con tiempo al concierto para que el público disfrutara del mismo sin llegar a percibir nada fuera de lo normal.
https://www.youtube.com/watch?v=ijTQILeJLPU
Publicado por Balder