Cuando vuelve a casa la calle está silenciosa. Esta noche no es como las demás. Este año no es como los demás. Encierra el coche en el garaje y se asoma al exterior. No hay luz en las ventanas, no llegan sonidos de vida desde ningún lugar de la calle ni de las casas vecinas. Hace tiempo que no viven niños en el viejo camino sin salida. Tampoco quedan ancianos con las fuerzas suficientes como para preservar antiguas tradiciones ya casi olvidadas.
A su memoria vuelven otras noches de Todos los Santos cuando el barrio era aún joven y estaba lleno de vida. Niños y abuelos coincidían en un entorno familiar plagado de esperanza, el futuro era un paisaje abierto con miles de recodos por los que caminar. Los niños se disfrazaban con pocas cosas y recorrían las casas asustando a propios y extraños a cambio de dulces caseros. Desde primera hora de la tarde las casas olían a castañas asadas y trozos de calabaza vaciada en los cubos de basura. Porque sí, en su barrio las abuelas hilaban collares de zorchos y enseñaban a sus nietos a rezar por las Ánimas Benditas del Purgatorio y a encender luces en el interior de cualquier cucurbitácea a su alcance; los disfrazaban con ropa vieja para asustar y evitar ser asustados mucho antes de que el inglés infiel nos arrollase con su terrorífica locomotora comercial o que el neogalleguismo rescate del olvido su nombre más ancestral.
Todas aquellas tradiciones provenían de la memoria arcaica del pueblo y se entremezclaban con las nuevas tradiciones cristianas. Hoy, los niños y los jóvenes se embuten en costosos disfraces y se empachan con artificiosas golosinas empapadas de colorantes y conservantes. Viven en la nueva paganización de una noche que se remonta al principio de los tiempos, en un espacio y un momento donde se ha perdido ya todo sentido de trascendencia, todo asomo de recuerdo y amor por nuestros antepasados.
Durante años ha intentado mantener la tradición, durante años asaba castañas, vaciaba una calabaza y colocaba una vela encendida en su interior, rezaba por los que ya habían traspasado el umbral de esta vida y al acostarse deseaba de corazón reunirse un segundo, un solo segundo con ellos en el umbral del sueño.
Pero este año es diferente. Este año la vida que empuja sin piedad, que obliga, le ha robado el tiempo para comprarse sus castañas y su calabaza. En honor a la verdad debería de reconocer que tampoco ha buscado ese tiempo ni ese lugar al que acudir a refugiarse. Este año su corazón se ha revestido de tristeza y la ausencia de fuerza y esperanza parecen haberle robado una parte de su alma, que permanece secuestrada en algún lugar al que no puede llegar para liberarla, para rescatar aquellos sueños de niña, aquellas puertas de amor que cada noche de Todos los Santos la abuela abría en su corazón.
Nunca logró encontrarlos en el umbral de los sueños, nunca vinieron a verla. A veces, al girar la cabeza en una calle, al evocar una imagen en un momento de desesperación, le parece que alguno de ellos le sonríe, o le llega una frase antigua que había guardado en algún rincón de la memoria, un destello de luz, una mariposa o una luciérnaga que los ancianos asociaban con las almas de los difuntos; pero su mente matemática y científica se apresura a gritarle: “No vayas por ahí o enloquecerás” y entonces cierra de golpe la puerta, mira hacia otro lado y se perdona porque quiere entender que es su mente cansada la que recrea imágenes que le aportan consuelo donde ya no hay nada.
A pesar de todo entra en la casa silenciosa donde todos duermen, coge una vela aromática del aparador y una vieja manta de su abuela. Se sienta a solas en el jardín y se arrebuja con cuidado. No hace viento, pero sí un frío otoñal que le resulta reconfortante, enciende la vela y deja que su cabeza cansada navegue mar adentro hacia una línea perdida en el horizonte. Poco a poco nota como los párpados pesan y empujan para cerrarse aunque no quiere dormir. El sueño es la noche y ella solo quiere recrearse en la lágrima silenciosa que resbala por sus mejillas y en los recuerdos. Lo único que le queda de los que ya no están.
Cuando siente ese deseo incontrolable de volver a verlos le vienen a la memoria las palabras de su abuela “A los difuntos hay que dejarlos descansar en paz. Si necesitan algo ya te lo dirán ellos, pero tú reza por sus almas y porque medien por nosotros ante Nuestro Señor”. Quizá tenía razón y su pensamiento mágico la traiciona cada día del año pero no puede dejar de pensar, incluso este año desastroso, que esta noche es especial; que no es igual ir a tirar piedras a la ventana del cuartel para que asome tu amor que ir a verlo cuando sale franco de ría y en su memoria primitiva, esa que ha heredado de generación en generación desde la noche de los tiempos, este es un día de permiso, de “franco de ría”, donde es lícito reunirse con las buenas almas de los que amaste o te amaron y esconderse de los fantasmas del miedo, el odio y el rencor.
Justo un instante antes de dormirse, su mente medio abotargada le hace verlos bajo el viejo naranjo. Están todos allí y cada uno trae en sus manos una pequeña vela de color que ilumina la noche de un modo suave y acogedor. Sonríen y la miran, están allí y no le cabe duda. La acompañan y la luz que traen en sus manos envuelve sus rostros llenos de paz y amor. Son un abrazo protector que aunque le parece inmerecido la llena de Seguridad y Esperanza, su madre y su abuela se adelantan y tienden los brazos hacia ella. Están sus abuelos, sus primos, sus amigos y otras personas a las que acompañó en su tránsito final. Están bien, lo siente en lo más profundo de su corazón. Todos ellos están bien y la ayudarán a caminar de nuevo, a ponerse en pie una vez más. Quiere levantarse y correr hacia ellos, abrazarlos, pero no puede porque los párpados se le cierran suavemente mientras comienza a susurrar una oración. El sueño finalmente la vence y la mece en una paz profunda y sanadora.
Se despierta con la brisa fría del amanecer. Con las primeras luces del alba se despereza despacio y lo primero que piensa es que siente un profundo agradecimiento por el sueño regalado, después retira la manta y se inclina con cuidado a recoger los restos de su vela parcialmente consumida a lo largo de la noche y entonces se da cuenta. Su vela descansa sobre un mar de cera multicolor y en ese momento es plenamente consciente de que han estado allí con ella esa noche, de que siempre están allí con ella, cuando le parece atisbarlos en cualquier recodo del camino e incluso cuando no puede sentirlos. Las lágrimas se deslizan suavemente por sus mejillas y siente como la puerta de la Esperanza ha vuelto a abrirse para ella una noche más, un día más, un año más, toda una eternidad. No los olvida y, lo que es más importante, ellos tampoco la olvidan.
Rezad por los que amáis y ya no están en este lado de la vida, que su recuerdo sea siempre para vosotros un refugio de amor y paz.
Feliz noche de Todos los Santos.
Publicado por Farela