domingo, 22 de marzo de 2026

Por qué creo en lo que creo

Antes de que empiecen a leer, quería avisarles que este texto es una elucubración teológico-filosófica personal. Así que a los no les interese el tema, se lo pueden ahorrar.

Quizá no haya una institución más atacada por la seudointelectualidad moderna, y por la masa que la sigue, que la Iglesia Católica. Aunque, muchas veces, no sin motivo. Como toda organización humana ha cometido muchos errores a lo largo de su historia. Porque lo cierto es que 2000 años dan para muchos errores.
Quizá el más evidente es con el que bromean los actuales romanos. Y es que la matrícula de los vehículos del Vaticano lleva como prefijo SCV (por Status Civitatis Vaticanae), pero como los automóviles suelen ser de gama alta, los ciudadanos de la ciudad eterna lo traducen por Se Cristo lo Vedesse (Si Cristo lo Viera).
Y ese es un error que se ve de lejos, aunque no seas ciudadano romano.
Y no voy a entrar en el resto de acusaciones que recibe la Iglesia Católica, con mayor o menor motivo. Desde proteger a pederastas y abusadores, a ser el opio del pueblo, pasando por ser una institución machista y misoginia o por alinearse con el poder en general y con dictadores en particular.
Insisto en que 2000 años dan mucho de sí para cometer errores, a cuál mayor. Aunque sea combinándolos con aciertos o acciones dignas de consideración. Porque sólo los desinformados o maledicentes pueden negar que la Iglesia Católica, y muchas de las entidades que dependen de ella, están entre las organizaciones que más acciones sociales y solidarias realizan en todo el mundo. Desde luchar por los derechos humanos a fomentar el desarrollo o socorrer y consolar a toda clase de individuos y pueblos marginados. Colocándose con ello, muchas veces, en el punto de mira de gobiernos, de fundamentalistas, de mafiosos y de terroristas. Hay miles de voluntarios católicos que, con su tiempo, con su trabajo, o con su dinero, practican la justicia social y luchan por hacer desaparecer las desigualdades entre los seres humanos y entre los pueblos. Y en demasiadas ocasiones lo hacen jugándose la vida, la salud o la libertad. Porque, para bien y para mal, la Iglesia Católica es el conjunto de todas las personas que la constituyen, y no sólo su jerarquía.
Pero hay dos motivos que son los que, desde mi punto de vista, independientemente de todas las dudas y de la debilidad de la fe de los seres humanos, hacen que tantos millones de personas permanezcan dentro de esta Iglesia y que crean que es la Fe verdadera.
El primero es que una de las cavilaciones filosóficas de la humanidad siempre ha sido el comprender por qué existe el mal y el sufrimiento en el mundo. Si Dios existe, y, si es esencialmente bueno, ¿Cómo puede consentir el dolor y el sufrimiento de sus hijos? Ese dolor que, para nuestro simple entendimiento, no tiene sentido. Y aunque no haya nada que lo acabe de explicar, ni que nos convenza totalmente, ni el libre albedrío, ni el pecado original, ni el que sea una forma de probar al hombre... sí que hay algo que, si no nos lo explica, al menos sí que nos reconforta. Y es pensar que si una religión afirma que Dios se encarnó en uno de nosotros para sentir y sufrir todo lo que puede padecer un ser humano, no nos explica el dolor, pero sí que nos ofrece un Dios empático con la humanidad en el que se puede creer.
Y en segundo lugar, decir que la Iglesia en la que creo tiene a patriarcas alcohólicos como Noe, cobardes y casi asesinos de su hijo como Abraham, incestuosos como Lot, mujeriegos y adúlteros como David, homicidas como Moisés, mentirosos y estafadores como Jacob, genocidas como Josué, cobardes como Jonás, pesimistas como Jeremías... Pero es que los mismos elegidos de Jesús, aparte del traidor de Judas, eran un grupo de ambiciosos, ignorantes, rudos y hasta cobardes que no se enteraron del mensaje de Cristo hasta después de su muerte y de su resurrección. Santiago y Juan discutían sobre quien tendría más poder en el reino de Jesús; Simón, y alguno más, era un terrorista zelote; Tomás era un incrédulo desconfiado; Mateo era recaudador de impuestos y posiblemente abusaba de ello; Pablo comenzó su carrera persiguiendo a los cristianos y, a pesar de su valor como predicador y difusor de la fe, a lo largo de su vida se enfrentó con Bernabé y con Pedro; y el mismo Pedro, primera cabeza de la Iglesia, era un testarudo, violento y llegó a abandonar y a negar a Jesús.
Pues bien, si con estos mimbres, y a pesar de todos sus defectos y de los de sus sucesores, la Iglesia se ha mantenido durante 2000 años y, aún hoy en día, y a pesar de todo, es capaz de permanecer y, sobre todo, de trasmitir su mensaje de fe y esperanza, sólo puede ser explicado si la intervención divina anda de por medio, y que individuos con tantos defectos como cada uno de nosotros aún podemos tener esperanza de salvación, y que merece la pena creer en ella, porque está claro, al menos para mí, que “algo tendrá el agua, cuando la bendicen”.

Publicado por Balder

No hay comentarios:

Publicar un comentario