Antes de que empiecen a leer, quería
avisarles que este texto es una elucubración teológico-filosófica personal. Así
que a los no les interese el tema, se lo pueden ahorrar.
Quizá
no haya una institución más atacada por la seudointelectualidad moderna, y por
la masa que la sigue, que la Iglesia Católica. Aunque, muchas veces, no sin
motivo. Como toda organización humana ha cometido muchos errores a lo largo de
su historia. Porque lo cierto es que 2000 años dan para muchos errores.
Quizá
el más evidente es con el que bromean los actuales romanos. Y es que la
matrícula de los vehículos del Vaticano lleva como prefijo SCV (por Status
Civitatis Vaticanae), pero como los automóviles suelen ser de gama alta, los
ciudadanos de la ciudad eterna lo traducen por “Se Cristo lo Vedesse” (Si Cristo lo Viera).
Y
ese es un “error” que se ve de lejos, aunque no seas ciudadano
romano.
Y
no voy a entrar en el resto de acusaciones que recibe la Iglesia Católica, con
mayor o menor motivo. Desde proteger a pederastas y abusadores, a ser el opio
del pueblo, pasando por ser una institución machista y misoginia o por
alinearse con el poder en general y con dictadores en particular.
Insisto
en que 2000 años dan mucho de sí para cometer errores, a cuál mayor. Aunque sea
combinándolos con aciertos o acciones dignas de consideración. Porque sólo los
desinformados o maledicentes pueden negar que la Iglesia Católica, y muchas de
las entidades que dependen de ella, están entre las organizaciones que más
acciones sociales y solidarias realizan en todo el mundo. Desde luchar por los
derechos humanos a fomentar el desarrollo o socorrer y consolar a toda clase de
individuos y pueblos marginados. Colocándose con ello, muchas veces, en el punto
de mira de gobiernos, de fundamentalistas, de mafiosos y de terroristas. Hay miles de voluntarios católicos
que, con su tiempo, con su trabajo, o con su dinero, practican la justicia social y luchan por hacer desaparecer las desigualdades entre los seres humanos y entre
los pueblos. Y en demasiadas ocasiones lo hacen jugándose la vida, la salud o la libertad. Porque, para bien y para mal, la Iglesia Católica es el conjunto
de todas las personas que la constituyen, y no sólo su jerarquía.
Pero
hay dos motivos que son los que, desde mi punto de vista, independientemente de
todas las dudas y de la debilidad de la fe de los seres humanos, hacen que
tantos millones de personas permanezcan dentro de esta Iglesia y que crean que es la Fe verdadera.
El
primero es que una de las cavilaciones filosóficas de la humanidad siempre ha
sido el comprender por qué existe el mal y el sufrimiento en el mundo. Si Dios
existe, y, si es esencialmente bueno, ¿Cómo puede consentir el dolor y el
sufrimiento de sus hijos? Ese dolor que, para nuestro simple entendimiento, no
tiene sentido. Y aunque no haya nada que lo acabe de explicar, ni que nos
convenza totalmente, ni el libre albedrío, ni el pecado original, ni el que sea
una forma de probar al hombre... sí que hay algo que, si no nos lo explica, al
menos sí que nos reconforta. Y es pensar que si una religión afirma que Dios se
encarnó en uno de nosotros para sentir y sufrir todo lo que puede padecer un
ser humano, no nos explica el dolor, pero sí que nos ofrece un Dios empático
con la humanidad en el que se puede creer.
Y
en segundo lugar, decir que la Iglesia en la que creo tiene a patriarcas alcohólicos como Noe, cobardes y casi asesinos de su
hijo como Abraham, incestuosos como Lot, mujeriegos y adúlteros como David,
homicidas como Moisés, mentirosos y estafadores como Jacob, genocidas como Josué, cobardes como Jonás, pesimistas como Jeremías... Pero es que los mismos
elegidos de Jesús, aparte del traidor de Judas, eran un grupo de ambiciosos,
ignorantes, rudos y hasta cobardes que no se enteraron del mensaje de Cristo
hasta después de su muerte y de su resurrección. Santiago y Juan discutían
sobre quien tendría más poder en el reino de Jesús; Simón, y alguno más, era un
terrorista zelote; Tomás era un incrédulo desconfiado; Mateo era recaudador de
impuestos y posiblemente abusaba de ello; Pablo comenzó su “carrera” persiguiendo a los cristianos y, a pesar de su valor como predicador y difusor
de la fe, a lo largo de su vida se enfrentó con Bernabé y con Pedro; y el mismo
Pedro, primera cabeza de la Iglesia, era un testarudo, violento y llegó a
abandonar y a negar a Jesús.
Pues
bien, si con estos mimbres, y a pesar de todos sus defectos y de los de sus
sucesores, la Iglesia se ha mantenido durante 2000 años y, aún hoy en día, y a
pesar de todo, es capaz de permanecer y, sobre todo, de trasmitir su mensaje de fe y
esperanza, sólo puede ser explicado si la intervención divina anda de por
medio, y que individuos con tantos defectos como cada uno de nosotros aún
podemos tener esperanza de salvación, y que merece
la pena creer en ella, porque está claro, al menos para mí, que “algo tendrá el
agua, cuando la bendicen”.
Publicado por Balder
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