domingo, 18 de enero de 2026

El futuro de Europa y el amigo americano

 

Recién comenzado el siglo II antes de Cristo, Roma acababa de derrotar a su potencia rival, Cartago, en la segunda guerra púnica, y la había dejado lo suficientemente debilitada como para poder considerarse la única potencia dominante en el Mediterráneo. Así que, aparte de hacia otros sitios, dirigió sus ojos a Grecia, cuna de la cultura, de la filosofía y de la democracia, (al menos según los griegos).

Y, tras las llamadas guerras macedónicas, se acabó zampando con patatas, o por mejor decir, con garum, a todas las polis griegas, muy cultas, soberbias y autosuficientes, pero que terminaron derrotadas y conquistadas al fin.

Y es que por mucho que se consideraran las poseedoras del saber antiguo, a pesar de su rica historia, de su enorme lista de hombres sabios, filósofos, legisladores, estadistas, artistas y dramaturgos, de creerse la Reserva Espiritual de oriente y occidente, lo cierto es que esas ciudades-estado griegas sólo eran un puñado de polis divididas, enfrentadas entre ellas, y repletas de ciudadanos pretenciosos y arrogantes qué, a pesar de mirar a todo el resto del mundo por encima de las lorigas, acabaron cayendo bajo las caligas romanas como cualquier vulgar bárbaro.

Y como, según nos recordaba Mark Twain, la historia no se repite pero rima, aquí estamos los países de Europa, XXII siglos después, cual las antiguas polis griegas, mirando alegres desde la inopia, China a un lado, al otro Rusia, y allá en nuestra frente al “amigo” Trump.

Porque por mucho que nos consideremos mantenedores de la cultura y de los valores de democracia, de libertad, y de derechos humanos, no somos más que unos estados divididos y arcaicos, en un mundo donde el derecho internacional ha muerto y que se ha convertido en un patio de colegio que mangonean los matones y los abusones, sin que ningún profesor ni norma los controle.

El que decía ser nuestro amigo americano, en el que por largo tiempo delegamos nuestra defensa y protección, y que ya hace tiempo que nos miraba como a débiles e inoportunos estorbos, ahora se ha quitado la máscara y ha descubierto que para él no somos sino rivales de los que poder aprovecharse, explotar y hasta saquear, (bien sea con aranceles o quitándonos territorios helados).

Y el resto de antiguos enemigos que se hallaban tras muros de acero o durmientes en oriente, no nos miran con mejores ojos.

Así que, si no queremos vernos, cual las antiguas polis griegas, con mucha historia y pasado brillante, pero derrotadas, sojuzgadas, y finalmente convertidas en una provincia más del Imperio, no nos queda otra que unirnos en un frente y defensa común desde el que no sólo podremos sobrevivir, sino hasta alzarnos orgullosos como la potencia que siempre hemos sido pero que nos hemos negado a ser y a ver.

Pero en lugar de caminar hacia esa unidad que nos haría realmente fuertes, lo que cada vez prima más, tanto entre dirigentes de determinados partidos, como en gran parte de la población, es fomentar y mantener la división entre los diferentes estados, sin pensar a quién beneficia realmente eso. Aunque pensar es mucho decir, porque esas aspiraciones y deseos surgen de las entrañas, y de la nostalgia de leyendas y argumentos decimonónicos que nos hacen tener la ilusión de volver a unos tiempos donde los diferentes estados europeos controlaban y dirigían el mundo, y donde sus únicos rivales eran el resto de estados europeos. Tiempos, no sé si mejores, pero que es imposible que vuelvan y que no tienen ya cabida en este caótico desorden mundial actual.

Por otra parte, hay otro grupo de población, en diferentes estados, que aspiran a dividirnos aún más, fomentando la fragmentación y la balcanización de diferentes países, promoviendo la ilusión ficticia de que, viviendo en la burbuja de un microestado homogéneo, étnica y culturalmente, se resolverán mágicamente todos los problemas y que podrán mantenerse inmaculados, castos, puros y aislados de las peripecias y vicisitudes que corra el resto del mundo. Lo que, aparte de la ideología racista que rezuma, demuestra no comprender como es el mundo irremediablemente globalizado en el que nos ha tocado vivir.

Y lo más triste es que la mayor parte de la población que sigue una u otra idea, parece no darse cuenta de a quien favorecen realmente esa división, o esa fragmentación, y quien las apoya y patrocina más o menos abierta o subrepticiamente.

Y allá van los actuales estados de Europa, como aquellas polis griegas del siglo segundo antes de Cristo, alegres, orgullosos y altivos, cada cual por libre y a su bola, pero todos directos al precipicio, o a que nos pueda vapulear o someter el matón de turno.

Porque como dijo Winston Churchill: “Si estamos juntos no hay nada imposible. Si estamos divididos todo fallará”.



Publicado por Balder

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