En conmemoración del
quinto aniversario del confinamiento, de la pandemia que lo ocasionó, y de todo
lo que aconteció en aquel tiempo.
El niño le cogió la mano y lo miró a los
ojos sonriéndole. Con una de esas miradas curiosas y trasparentes de los niños.
Y mientras lo hacía le preguntó:
- ¿Qué es una pandemia?
El viejo lo observó sorprendido.
Sorprendido de que el niño hubiera mencionado esa palabra, y de que se lo
preguntara precisamente a él. No obstante, intentó responderle con sinceridad,
como siempre lo hacía.
- Es una enfermedad que afecta a muchas
personas en todos los países del mundo. Una enfermedad en la que muchas
personas sufren, y en la que algunas de ellas, en ocasiones muchas, mueren.
El niño, incansable, volvió a preguntar:
- Y tú, ¿estuviste en la pandemia de 2020?
¿Esa del… coravirus?
- Del coronavirus, sí. Fue hace muchos
años. Murieron muchas personas y, como tantas otras catástrofes, sacó lo mejor
y lo peor de mucha gente. Pero sobre todo hubo muchos héroes, muchos hombres y
mujeres buenos que lucharon y que se sacrificaron de diferentes formas por los
demás.
Y una multitud de recuerdos, la mayoría de
ellos dolorosos, acudieron a la mente del anciano. Y no pudo reprimir un brillo
de tristeza en los ojos, mientras sus labios seguían sonriendo al niño, aunque
fuera con un rictus forzado.
Porque no pudo evitar recordar a aquellos
dirigentes políticos imprevisores que no tomaron las medidas oportunas a
tiempo y que, estando sanos y sin síntomas, se hacían test de la enfermedad cuando no había test suficientes para hacérselos ni a todos los enfermos ni a
los sanitarios con síntomas, y que se saltaban a la torera sus propias medidas
de cuarentena y aislamiento. O aquellos otros que intentaron ponerse la vacuna
antes que nadie, cuando aún no había dosis para todos, ni nadie las criticaba
ni las ponía en duda. O esos cargos intermedios incapaces de desarrollar unos
protocolos de actuación mínimamente eficientes a tiempo. O la actitud de
países, teóricamente aliados, que se robaban los materiales y los equipos
médicos unos a otros. O todos aquellos imbéciles que se saltaban el aislamiento
una y otra vez, haciéndose los listos, poniéndose en peligro a sí mismos y a
todos los demás. Recordó también a todos los acaparadores que vaciaban sin
conocimiento las estanterías de los supermercados, sobre todo las de papel higiénico. Y recordó a las personas que
sólo se miraban su propio ombligo, incapaces de ver la que estaba cayendo, o aquellos otros individuos que acosaban a los empleados de los supermercados, a los sanitarios o a cualquier persona que trabajara de cara al público, por miedo a que pudieran contagiarlos tan sólo por residir en el mismo edificio. Pero sobre todo recordó a todos
los muertos, a los que murieron solos, a los que se les pudo atender hasta el final, y a los que alguien les pudo dar la mano, aunque fuera a través de dos pares de guantes de vinilo, y aunque
ya estuvieran parcial o totalmente inconscientes. Y recordó el odio y la
animadversión que vino después, tanto de los que negaban las evidencias y los
muertos, como la de todos los que, por atacar al partido de enfrente,
arremetían contra todos los servidores públicos. Y no pudo recordar más porque
el cerebro se le llenó de lágrimas. Y pensó, como antaño, que la humanidad no
tenía remedio. Ni lo tenía entonces, ni lo tenía ahora. Porque como decía el agente K en
Men in Black, “puede que el individuo sea listo, pero la masa es un animal
miedoso, idiota y peligroso”, y día a día se esfuerza en demostrarlo. Y comprendió
que, aunque todo aquello nos había cambiado, ¡cómo para no hacerlo!, seguíamos
siendo una sociedad prepotente que se creía superior e inmune a todo, y que no
habíamos aprendido lo suficiente de esos ya lejanos días. Aunque, al menos
entonces, habíamos pagado de sobra las consecuencias de nuestro orgullo y de
nuestra soberbia. Pero enseguida se olvidaron los aplausos, y los sanitarios y
las fuerzas del orden volvieron a ser ninguneados y olvidados, cuando no
menospreciados y vilipendiados, una vez más, en cuanto pasó todo aquello.
El anciano apretó los dientes y cerró los
ojos intentando apartar aquellos amargos pensamientos y reemplazarlos por otros
recuerdos a los que siempre recurría cuando creía perder la fe en el ser humano.
Y consiguió relajar los músculos de su cara y su rostro transformó el rígido
rictus en una amable sonrisa. Porque a pesar de todo, en medio de todo aquel
caos y de toda aquella insensatez, recordó cómo el mundo se llenó de actitudes
que reconciliaban a cualquiera con la humanidad. Como las de todas esas personas
que no perdieron nunca el humor en medio de la adversidad y que les hacían
sonreír, a pesar de todo, aun a costa de saturar los wasaps de mensajes. O cómo todos esos profesionales que, para poder seguir trabajando y ayudando a que todo se sostuviera, habían tenido que separarse de sus familias. O como
el esfuerzo de todos esos compañeros que, a costa de su propia salud, e incluso
en algunos casos de sus propias vidas, siguieron luchando día a día para
mantener la “normalidad”, atender a los afectados, mantener el orden, distribuir
los productos de primera necesidad, o para seguir manteniendo el tipo, aunque
estuvieran agotados y casi sin medios. O como las iniciativas de tantas
personas que, exprimiendo su imaginación y su inventiva, crearon equipos de
protección cuando no los había ni se los esperaba, con los más variopintos
materiales, para los que se tenían que exponer al virus, o que idearon toda
clase de procedimientos para aliviar el sufrimiento de los hospitalizados y el
confinamiento de todos los demás. O como aquellos profesionales, fontaneros,
albañiles, mecánicos… que cedieron su esfuerzo y su trabajo, de forma
totalmente altruista, para levantar hospitales de la nada. O como la
solidaridad de tantas empresas, grandes y pequeñas, que donaron sus recursos,
su tiempo y sus productos, para paliar la escasez de material y de medios. O
como las de esos voluntarios que se ofrecían para llevar suministros a los
ancianos o a los enfermos confinados. O como todas esas personas que
soportaron con resignación el aislamiento y las cuarentenas. O como los
aplausos que unos policías, seguramente tan cansados y desbordados como ella,
le dieron a una compañera cuando les dijo que era sanitaria y que venía de
trabajar.
El anciano sonrío y pensó que, a pesar de
todo, los seres humanos no éramos tan malos, y que a veces no nos merecíamos a
los dirigentes que teníamos, y que siempre había diez justos en Sodoma que nos
libraban a todos de la extinción.
Volvió a mirar al niño que lo seguía
contemplando muy serio. Y que, cuando comprendió que volvía a disponer de toda
la atención del anciano, le hizo una nueva pregunta.
- Y entonces, ¿tú fuiste un héroe durante
la pandemia?
Por un momento el hombre no supo que
responder, pero recordando la frase de una antigua, triste y hermosa serie de
guerra le contestó.
- No, no fui un héroe, pero serví en la compañía de los héroes.
Publicado por Balder
Como siempre un texto muy descriptivo de una realidad que nos tocó vivir. Enhorabuena por tu artículo. 😘❤️
ResponderEliminarMuchas gracias
EliminarExcelente… no se puede explicar mejor en menos palabras
ResponderEliminarMuchas gracias
Eliminar