domingo, 16 de marzo de 2025

Los héroes de la pandemia

 

En conmemoración del quinto aniversario del confinamiento, de la pandemia que lo ocasionó, y de todo lo que aconteció en aquel tiempo.

 

El niño le cogió la mano y lo miró a los ojos sonriéndole. Con una de esas miradas curiosas y trasparentes de los niños. Y mientras lo hacía le preguntó:

- ¿Qué es una pandemia?

El viejo lo observó sorprendido. Sorprendido de que el niño hubiera mencionado esa palabra, y de que se lo preguntara precisamente a él. No obstante, intentó responderle con sinceridad, como siempre lo hacía.

- Es una enfermedad que afecta a muchas personas en todos los países del mundo. Una enfermedad en la que muchas personas sufren, y en la que algunas de ellas, en ocasiones muchas, mueren.

El niño, incansable, volvió a preguntar:

- Y tú, ¿estuviste en la pandemia de 2020? ¿Esa del… coravirus?

- Del coronavirus, sí. Fue hace muchos años. Murieron muchas personas y, como tantas otras catástrofes, sacó lo mejor y lo peor de mucha gente. Pero sobre todo hubo muchos héroes, muchos hombres y mujeres buenos que lucharon y que se sacrificaron de diferentes formas por los demás.

Y una multitud de recuerdos, la mayoría de ellos dolorosos, acudieron a la mente del anciano. Y no pudo reprimir un brillo de tristeza en los ojos, mientras sus labios seguían sonriendo al niño, aunque fuera con un rictus forzado.

Porque no pudo evitar recordar a aquellos dirigentes políticos imprevisores que no tomaron las medidas oportunas a tiempo y que, estando sanos y sin síntomas, se hacían test de la enfermedad cuando no había test suficientes para hacérselos ni a todos los enfermos ni a los sanitarios con síntomas, y que se saltaban a la torera sus propias medidas de cuarentena y aislamiento. O aquellos otros que intentaron ponerse la vacuna antes que nadie, cuando aún no había dosis para todos, ni nadie las criticaba ni las ponía en duda. O esos cargos intermedios incapaces de desarrollar unos protocolos de actuación mínimamente eficientes a tiempo. O la actitud de países, teóricamente aliados, que se robaban los materiales y los equipos médicos unos a otros. O todos aquellos imbéciles que se saltaban el aislamiento una y otra vez, haciéndose los listos, poniéndose en peligro a sí mismos y a todos los demás. Recordó también a todos los acaparadores que vaciaban sin conocimiento las estanterías de los supermercados, sobre todo las de papel higiénico. Y recordó a las personas que sólo se miraban su propio ombligo, incapaces de ver la que estaba cayendo, o aquellos otros individuos que acosaban a los empleados de los supermercados, a los sanitarios o a cualquier persona que trabajara de cara al público, por miedo a que pudieran contagiarlos tan sólo por residir en el mismo edificio. Pero sobre todo recordó a todos los muertos, a los que murieron solos, a los que se les pudo atender hasta el final, y a los que alguien les pudo dar la mano, aunque fuera a través de dos pares de guantes de vinilo, y aunque ya estuvieran parcial o totalmente inconscientes. Y recordó el odio y la animadversión que vino después, tanto de los que negaban las evidencias y los muertos, como la de todos los que, por atacar al partido de enfrente, arremetían contra todos los servidores públicos. Y no pudo recordar más porque el cerebro se le llenó de lágrimas. Y pensó, como antaño, que la humanidad no tenía remedio. Ni lo tenía entonces, ni lo tenía ahora. Porque como decía el agente K en Men in Black, “puede que el individuo sea listo, pero la masa es un animal miedoso, idiota y peligroso”, y día a día se esfuerza en demostrarlo. Y comprendió que, aunque todo aquello nos había cambiado, ¡cómo para no hacerlo!, seguíamos siendo una sociedad prepotente que se creía superior e inmune a todo, y que no habíamos aprendido lo suficiente de esos ya lejanos días. Aunque, al menos entonces, habíamos pagado de sobra las consecuencias de nuestro orgullo y de nuestra soberbia. Pero enseguida se olvidaron los aplausos, y los sanitarios y las fuerzas del orden volvieron a ser ninguneados y olvidados, cuando no menospreciados y vilipendiados, una vez más, en cuanto pasó todo aquello.

El anciano apretó los dientes y cerró los ojos intentando apartar aquellos amargos pensamientos y reemplazarlos por otros recuerdos a los que siempre recurría cuando creía perder la fe en el ser humano. Y consiguió relajar los músculos de su cara y su rostro transformó el rígido rictus en una amable sonrisa. Porque a pesar de todo, en medio de todo aquel caos y de toda aquella insensatez, recordó cómo el mundo se llenó de actitudes que reconciliaban a cualquiera con la humanidad. Como las de todas esas personas que no perdieron nunca el humor en medio de la adversidad y que les hacían sonreír, a pesar de todo, aun a costa de saturar los wasaps de mensajes. O cómo todos esos profesionales que, para poder seguir trabajando y ayudando a que todo se sostuviera, habían tenido que separarse de sus familias. O como el esfuerzo de todos esos compañeros que, a costa de su propia salud, e incluso en algunos casos de sus propias vidas, siguieron luchando día a día para mantener la “normalidad”, atender a los afectados, mantener el orden, distribuir los productos de primera necesidad, o para seguir manteniendo el tipo, aunque estuvieran agotados y casi sin medios. O como las iniciativas de tantas personas que, exprimiendo su imaginación y su inventiva, crearon equipos de protección cuando no los había ni se los esperaba, con los más variopintos materiales, para los que se tenían que exponer al virus, o que idearon toda clase de procedimientos para aliviar el sufrimiento de los hospitalizados y el confinamiento de todos los demás. O como aquellos profesionales, fontaneros, albañiles, mecánicos… que cedieron su esfuerzo y su trabajo, de forma totalmente altruista, para levantar hospitales de la nada. O como la solidaridad de tantas empresas, grandes y pequeñas, que donaron sus recursos, su tiempo y sus productos, para paliar la escasez de material y de medios. O como las de esos voluntarios que se ofrecían para llevar suministros a los ancianos o a los enfermos confinados. O como todas esas personas que soportaron con resignación el aislamiento y las cuarentenas. O como los aplausos que unos policías, seguramente tan cansados y desbordados como ella, le dieron a una compañera cuando les dijo que era sanitaria y que venía de trabajar.

El anciano sonrío y pensó que, a pesar de todo, los seres humanos no éramos tan malos, y que a veces no nos merecíamos a los dirigentes que teníamos, y que siempre había diez justos en Sodoma que nos libraban a todos de la extinción.

Volvió a mirar al niño que lo seguía contemplando muy serio. Y que, cuando comprendió que volvía a disponer de toda la atención del anciano, le hizo una nueva pregunta.

- Y entonces, ¿tú fuiste un héroe durante la pandemia?

Por un momento el hombre no supo que responder, pero recordando la frase de una antigua, triste y hermosa serie de guerra le contestó.

- No, no fui un héroe, pero serví en la compañía de los héroes.



Publicado por Balder

4 comentarios:

  1. Como siempre un texto muy descriptivo de una realidad que nos tocó vivir. Enhorabuena por tu artículo. 😘❤️

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  2. Excelente… no se puede explicar mejor en menos palabras

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