Finalmente el muro de piedra se había desplomado. El que parecía el más resistente de los cuatro, aunque el más antiguo, al fin había sido vencido por el tiempo, por las inclemencias meteorológicas y, sobre todo, por la desidia de los deudos que debían de haberlo cuidado y mantenido.
Hacía tiempo que la broza y las malas hierbas invadían el antiguo lugar de reposo, y si bien anteriores desperfectos habían sido reparados, aunque de forma negligente, apresurada y espantosa, pero acordes con el feísmo que imperaba en la aldea y aun en toda la comarca, el abandono que sufría el recinto en los últimos años estaba siendo desolador.
Y es que ya casi nadie se preocupaba por sus difuntos. Prácticamente nadie visitaba las tumbas de sus padres, de sus abuelos, o la de ningún otro familiar. Ni siquiera en la festividad de Todos los Santos acudía ya casi nadie a honrar a sus finados, a saludarlos, ni mucho menos a preocuparse por el estado del cementerio.
Hacía tiempo que la mayoría de los antiguos habitantes habían abandonado el pueblo y ya sólo residían en él, de forma permanente, cuatro ancianos mal contados, demasiado achacosos para mantener las instalaciones. En cuanto al resto de oriundos, tan sólo regresaban ocasionalmente, generalmente en vacaciones, en busca de la paz, del reposo y de aplacar la nostalgia, pero no para preocuparse por mantener en pie “cuatro paredes y un puñado de tumbas tristes y abandonadas”. Además, la sociedad que hemos ido creando entre todos pretende apartar de nosotros la idea de la muerte como si realmente pudiéramos excluirla de nuestras vidas, y tratamos de olvidar a los que ya han pasado por ese trance para intentar no recordar que algún día también nos llegará a nosotros. Una sociedad en la que sólo rendimos culto al cuerpo, a la juventud y al hedonismo, y en la que, si nos estorban los ancianos, como para preocuparnos por los que ya no están entre nosotros, o del lugar donde los hemos dejado abandonados y convenientemente alejados y olvidados.
Y así se había llegado a esta situación en la que el viejo camposanto estaba desmoronándose y siendo invadido por la maleza.
Bien es cierto que aquel no era el primer cementerio desatendido y arruinado, pero sí que era el primero en el que reposaba una colección de difuntos tan serios y escrupulosos con las tradiciones en el que sucedía aquello. Y aunque ya habían pasado muchos años desde su última actuación, tanto por la escasez de parroquianos en el lugar y, por ende, por el exiguo número de avisos que trasmitir, como por no disponer de un vivo adecuado que portara la cruz y el caldero, aquel incidente acabó con la escasa paciencia de muchos de ellos.
No en vano intentaban descansar en aquel desastre de cementerio destartalado, desde los restos de un guerrero suevo, maldito por haberle enseñado la espalda a su señor en la batalla de los Montes Nervasos, a la señora Eladina, una solterona malencarada que permanecía en este valle de lágrimas, no, como ella decía, por no haber podido ser enterrada con la palma de la virginidad, sino por haber dedicado toda su vida a escupir infundios, meigallos y toda clase de calumnias envidiosas a familiares, conocidos y vecinos; pasando por varios clérigos más interesados en vida por el vino, la peseta, o la bragueta, que por su labor pastoral; amén de otras múltiples ánimas de toda clase, época y condición.
Así que muchos de ellos, una vez derruidas, junto con aquel muro, las escasas barreras que los contenían, decidieron actuar y tomar cartas en el asunto, unos por puro pundonor y orgullo de almas en pena, otros por la esperanza de purgar sus pecados y alcanzar la propia salvación, y la mayoría simplemente por la oportunidad de poder fastidiar a los vivos que los habían olvidado y abandonado. Y si ya no lo podían hacer en grupo y de acuerdo a la tradición ancestral, lo harían por libre y de la forma en que mejor le pareciera a cada uno según su leal saber y entender.
Y así, apenas unas semanas después del derrumbe, en el supermercado de Vilanova, que se había convertido en el centro social de la comarca en los últimos tiempos, y al que acudían a hacer la compra la mayoría de los habitantes de la comarca, incluidos los allegados de los moradores del cementerio, comenzaron a suceder cosas extrañas.
Todo empezó el día en que a Merceditas, “la de ideas”, le dio un soponcio cuando iba a reponer las bolsas de verduras en la zona de congelados. En cuanto se repuso no dejó de contar, a todo aquel que la quiso escuchar, que la causa de su vahído había sido el contemplar a un espectro que se materializó en la bruma que salía del congelador y que se dirigió hacia ella portando, en vez de un velón, una barra de pan helado.
Aquello no habría ido a más, teniendo en cuenta los antecedentes de Merceditas, si no fuera porque al día siguiente don Ramón, el encargado, relató, pálido y sudoroso, cómo había escapado, por los pelos, de unas latas de aceitunas rellenas y de varias bolsas de frutos secos que, recreando una figura humanoide, lo habían perseguido en actitud amenazante por el pasillo de aperitivos.
Y esa misma noche Martín, el vigilante nocturno, aseguró haber visto a un auténtico drakkar vikingo atravesar el pasillo central, mientras en cubierta un grupo de espectrales héroes de la guerra de Cuba bailaban “la Macarena”, y que, tras atravesar la sección de cajas registradoras, había salido del edificio y se había perdido en la oscuridad nocturna del exterior.
Pero aquellos fenómenos paranormales no se limitaron al supermercado de Vilanova, pues, en los siguientes días, apariciones similares fueron sucediéndose por toda la comarca.
Una turista alemana se desmayó en la parada de autobuses cuando le ofreció fuego para el pitillo una sábana que flotaba en el aire con un tremendo cirio negro.
Y hasta don Darío, el juez de paz, casi sufre un patatús al descubrir que el novio de la pareja que acudió a casarse portaba, eso sí, con mucho donaire, la cabeza debajo del brazo, y que la novia, ya no es que estuviera delgada, es que estaba en los huesos, literalmente.
Así que ya nadie se atrevía a salir de noche, pero es que, hasta a plena luz del día, cualquier desafortunado viandante podía encontrarse, a la vuelta de cualquier esquina, con un alma en pena aullante, silenciosa o socarrona, dispuesta a amargarle la jornada.
Y así, las noticias y rumores de que los muertos de la parroquia estaban desatados y fuera de control se fueron extendiendo por toda la población y aun por toda la comarca, hasta el punto de que el mismo Iker Jiménez se desplazó para hacer un programa especial desde la zona.
Pero ya saben lo caprichosos que son los espectros. En todos los días y noches que duró la grabación del espacio televisivo no se produjo ningún incidente, ninguna aparición, ni ningún fenómeno extraño. Hasta el punto de que todos creyeron que aquellos acontecimientos habían concluido. Pero tan sólo fueron esperanzas vanas. Apenas abandonaron la comarca los decepcionados forasteros televisivos, las apariciones volvieron a presentarse y de forma mucho más insistente que al principio, sobre todo ante los que tenían algún familiar en el cementerio abandonado. Y ya no sólo se sucedían en la comarca y en sus viviendas veraniegas, sino que hasta los persiguieron a sus domicilios en la capital.
Y aunque hubo quien acabó acostumbrándose a tener a su propio fantasma familiar deambulando entre el baño y la cocina, la mayoría acabaron con los nervios destrozados, en tratamientos psiquiátricos de todo tipo, y hasta solicitando bendiciones y exorcismos tanto a sacerdotes como a toda clase de chamanes, vendehúmos y sacacuartos.
Finalmente algunos de los deudos, los más espabilados o los más temerosos con la tradición, decidieron reparar y adecentar el cementerio y las sepulturas, e incluso corregir parte de los desperfectos estéticos de épocas anteriores, eso sí, a costa de la parroquia y del obispado.
Y ya fuera por esa limpieza y reparación del camposanto, por las misas ofrecidas o por las ofrendas y feitizos de toda clase, realizados para tranquilizar y desagraviar a los muertos, lo cierto es que las apariciones y los fenómenos extraños fueron desapareciendo, y la tranquilidad regresó a la comarca. Aunque no del todo...
Porque al menos Merceditas, “la de ideas”, y algún que otro lugareño de no demasiadas entendederas, continuaron afirmando que seguían apareciéndoseles los espectros de vez en cuando, aunque cada vez con menos frecuencia. Ahora bien, ya nadie se atrevía a pasar solo por la sección de congelados del supermercado.
El que, a pesar de todo, ya nunca dejó de surcar las calles de Vilanova, sobre todo en las noches tormentosas o de niebla espesa, fue el drakkar tripulado por los soldados de Cuba bailarines, que al parecer le habían cogido el gusto y les iba la marcha.
Y es
que ya se sabe, si los muertos no descansan en paz, tampoco lo harán los vivos.
Publicado por Balder
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