domingo, 13 de septiembre de 2026

A destiempo

          Siempre que puedo prefiero coger las vacaciones en septiembre. Todavía suele hacer buen tiempo, los días siguen siendo razonablemente largos y, sobre todo, ya no hay las aglomeraciones de julio y agosto en los lugares turísticos. Al menos eso es lo que cuento a los que me preguntan por mi preferencia por las vacaciones tardías y a destiempo.
          Lo cierto es que me da cierto morbo regodearme en la indolencia mientras observo como vuelven a la cotidianidad el resto de los mortales. Y, sobre todo, como va pasando la vida mientras lo contemplo todo desde la barrera.
          Especialmente me gusta sentarme en alguna terraza veraniega y, mientras me tomo mi consumición, contemplar el atareado trajín de las gentes en la vuelta a sus quehaceres cotidianos.
          Y así puedo observar a esas amas de casa apresuradas que cargan sus bolsos camino de la compra o de su trabajo, o a esos obreros que reponen cables del tendido eléctrico, de la compañía telefónica o que realizan cualquiera de esas reparaciones o arreglos urbanos que se me antojan eternos e inacabables, cual nuevos trabajos de Sísifo.
          Algunas madres pasan llevando de la mano a sus niños vestidos con batas a cuadros o uniformes colegiales, y que portan sus carteras repletas de material escolar y de supuesto conocimiento. Un grupo de quinceañeros regresan de las recién inauguradas clases comentando sus vacaciones veraniegas e iniciando cortejos adolescentes que me generan una sonrisa nostálgica.
          Un poco más allá, una pareja, a la que abandonó su estilista, más o menos al mismo tiempo que su sentido del ridículo, pasea muy ufana, ajena al resto del mundo y a las miradas de estupor y vergüenza ajena que generan, y sin percatarse de la niña que, aferrada a la mano de su madre, no deja de mirarlas boquiabierta.
          De vez en cuando cruza la calle un universitario con el rostro somnoliento, camino de un nuevo curso, cargado de sueños secretos que lucharán por sobrevivir en las próximas clases y en futuros exámenes.
          Un individuo descortés, sobre un patinete eléctrico, esquiva en la acera a los indefensos peatones y en concreto a un anciano que camina despacio apoyándose en su bastón, y que se detiene de vez en cuando, parándose a contemplar a todos los que lo adelantan apresurados, como sorprendiéndose, no sé si de la urgencia con que todas esas personas quieren llegar a un futuro incierto, o de lo rápido que le ha alcanzado la vida.
          Una joven, con ropa deportiva, corre entre la gente aún más veloz que los que adelantan al anciano, mientras intenta aislarse del mundo portando unos cascos que sustituyen el ruido de la calle por alguna misteriosa melodía.
          No es la única viandante que porta cascos. Y es que, el que más y el que menos, huye como puede de la disonante realidad cotidiana.
          Un par de carritos se cruzan ante mí, y me dejan contemplar a sus ocupantes, dos niños de dos o tres años que se sonríen y se saludan mientras sus portadoras, supongo que sus madres, una con hiyab, y la otra de Prada o similar, ni se dirigen la mirada. Triste metáfora andante.
          Un hombre pasea un perro negro y juguetón que espanta con su presencia a las cargantes palomas que acechan las migajas de las mesas. Mientras, una mujer de rasgos andinos empuja una silla de ruedas en la que transporta a una anciana de ojos claros y mirada perdida.
          Un poco más allá, una joven delicada, consciente de su sutil y etérea belleza de bailarina, camina a dos metros sobre el suelo y sobre todos los que la admiramos más o menos disimuladamente.
          En la terraza, las mesas contiguas están ocupadas, unas por grupos parlanchines, y otras por personas solitarias y silenciosas que pasan el tiempo sumergiéndose en teléfonos móviles o, las menos, en periódicos de papel.
          Algo más lejos se encuentra sentada una joven elegantemente vestida, pero de modales zafios, que habla con alguien por teléfono, una tal Cuca, a voz en grito, como si quisiera que, además de su interlocutora, todos sus vecinos de terraza conozcamos hasta el más mínimo entresijo de su viaje a Bora Bora, amén del affaire que tuvo con un tal Johny, y del que no se tiene que enterar un tal Pepe. Espero que Pepe se halle a más de un kilómetro de distancia porque si no lo va a oír de los propios labios de la interfecta.
          Una mujer, morena y enlutada, reparte romero o maldiciones, a partes iguales, entre las mesas, según como la atiendan los clientes de la cafetería. Y se explaya especialmente con la del móvil, hasta que el camarero, sin hacer caso a las imprecaciones, la desaloja de forma bronca y categórica. A la del romero, no a la del móvil. Aunque si lo hubiera hecho con ambas a más de uno no nos hubiera importado.
          Esa breve interrupción en la charla telefónica de mi vecina me permite desconectar de tan “amena” conversación y volver a observar el paisaje humano, y en él a los peatones que se van cruzando apresurados, sin fijarse unos en otros. Gentes de toda clase, raza y condición. Trabajadoras sudamericanas, serias y circunspectas; jóvenes subsaharianos cargados con bolsas inmensas repletas de mercancías y falsificaciones de todo tipo; trajeados ejecutivos orientales de rostros hieráticos; melenas rubias, morenas y pelirrojas, seguidas de calvas sudorosas, orgullosas, frente a otras vergonzantes escondidas tras matas raquíticas de pelo lacio y escaso; cabellos cardados o con peinados imposibles a base de gomina o de tal cantidad de laca que hace temblar al ozono; pelos azules o color chicle, y cabezas cubiertas con hiyabs que ocultan el cabello, frente a otros pañuelos que cubren el dolor de tratamientos agresivos; y en todos esos rostros miradas huidizas o indolentes, tímidas o autosuficientes, o, las más de las veces, simplemente indiferentes a lo que discurre a su alrededor.
          Me encantan esas escenas casi otoñales que, como las flores primaverales, anuncian el renacer de un nuevo tiempo, de un nuevo año académico y laboral al que yo me resisto a incorporarme. Esos paisajes humanos que me recuerdan que la vida continúa, eterna e imperecedera, a costa de existencias e imágenes hermosas pero efímeras.


Publicado por Balder

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