domingo, 5 de julio de 2026

Somos historias


La vida es dura. Y en ocasiones pega de canto que hiere más.

Eso es lo que debía de haber sucedido, porque con el último golpe se le desgarró el alma por las costuras y empezó a escapársele, como el relleno de un peluche, toda su vida, en forma de las historias que la componían.

El pajarillo voló hasta posarse en la rama más alta del arbusto para tener al alcance todo su territorio. Y entonces la vio.

Parecía una muchacha, pero le resultaba difícil calcular su edad así como estaba, desmayada y herida por la vida. Su cuerpo se hallaba desparramado e inmóvil, con los ojos vacíos perdidos en el infinito. Y, de lo más profundo de su espíritu roto, brotaba un torrente de momentos y recuerdos en tropel, vaciándolo de vida y de esperanza.

Y vio como de aquel menudo y desmadejado cuerpecillo salía una noche estrellada reflejada en otros ojos brillantes e ilusionados. Vio tras ello diseminarse canciones en torno a una hoguera de verano. Notó salir una caricia amable, caliente y tierna, pero también un bofetón que le hacía arder la cara y las orejas. Sintió como se escapaba un húmedo primer beso de la comisura de sus labios. Olió disiparse el aroma de un café recién echo en una fría mañana de invierno. Escuchó atenuarse los murmullos de broncas desgarradas. Y como estallaban y escapaban pequeñas y grandes mentiras y traiciones, seguidas por el arrullo de un bebé acurrucado en su regazo. Percibió como se escabullía el terror que empapaba las tardes de una infancia desgarrada y casi olvidada. Experimentó desvanecerse la vergüenza por aquella ocasión en que se dejó llevar por el alcohol, y esa otra por los sentimientos, y aquella otra en que soltó aquel comentario absurdo y desafortunado. Y percibió aquel último y cruel golpe pringoso y maloliente que, pegado en el borde del desgarro, no acababa de difuminarse y lo iba agrandando cada vez más, dejando que se escaparan a borbotones el resto de historias de aquella hermosa y triste existencia.

El pájarillo de pecho rojo supo que algo debía de hacer, pero no sabía muy bien el qué. Aquello era más complicado que arrancar una espina de una frente sangrante, o incluso que agitar sus alas para avivar un mísero fuego con el que calentar a un recién nacido. Aquello iba de contener un aluvión de momentos vividos que se escapaban arrastrando toda una vida. Así que hizo lo único que podía hacer. Se colocó delante de la mujer herida y cantó.

Y con aquellos trinos, los ojos que seguían allí abiertos, pero ya casi vacíos, desenfocados al infinito, comenzaron a humedecerse y a llenarse de lágrimas. Y aquel nuevo torrente líquido acabó por limpiar primero la herida de aquel alma y finalmente restañarle el desgarro, recuperando al tiempo la mayor parte de las historias derramadas antes de que pudieran escapar. Y se obró el milagro, y con los trinos del petirrojo, la muchacha despertó. Triste, herida, dolorida, pero viva al fin. Y en aquel canto encontró el asidero para levantarse, una vez más, y para seguir luchando y resistiendo.

Epílogo:

Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias.

Eduardo Galeano.


Petirrojo (acuarela)



Publicado por Balder

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