domingo, 19 de julio de 2026

El niño y el mar

          El niño eleva poco a poco la base, apilando cubos de arena que apisona y compacta con la pala. A su alrededor excava un foso profundo que incluso dispone de un canal de drenaje, para cuando las amenazadoras olas lo alcancen.

           Porque el niño no es ningún novato en estas lides, y por sus mañas se aprecia que no es su primera construcción en la playa. 

           Cuando la base alcanza la altura que le place, levanta sobre el perímetro una robusta muralla adornada y reforzada con conchas marinas.

          El mar, amenazador, se va acercando en cada ola conforme sube la marea creciente. Y el niño se apura en su construcción y erige en cada esquina una torre esbelta a base de churretones de arena húmeda. 

          Y cuando la primera ola alcanza a lamer el foso, el niño termina de construir en el centro del castillo una robusta torre del homenaje, con su estandarte y todo, confeccionado con palos de madera de deriva. 

          Pero las olas se van acercando, lenta pero inevitablemente, a la elaborada construcción y comienzan a entrar y a rellenar el foso.

          El niño apurado lo repara, y lo intenta hacer más profundo hasta que las olas lo desbordan y atacan las murallas comenzando a desmoronarlas y derribando las dos torres delanteras. 

          Y el mar, cruel e inmisericorde, con la siguiente ola asalta de nuevo las maltrechas murallas y se abalanza sobre la torre central que, tras dos envites de ese tipo, se desmorona sobre el agua deshaciéndose en un barro fino de arena, pese a los esfuerzos del niño por contenerlo. Aún prueba a abrir un drenaje en la muralla para que salga el agua e intenta reconstruir la derruida torre central.

          Esfuerzo baldío.

          Con la postrera ola el mar recupera sus posesiones arrollando murallas y torres y empapando y embarrando totalmente al joven constructor.

           El niño se pone en pie asumiendo su derrota y contempla estoicamente los restos de su obra. Recoge el cubo, la pala y el rastrillo, antes de que también se los arrebate el mar y se retira muy digno. Y, mientras camina, aún vuelve el rostro, una vez más, hacia el mar indiferente, como retándolo a un futuro y próximo enfrentamiento.


Publicado por Balder.

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