domingo, 12 de abril de 2026

La magia de la pintura o la pintura mágica

 

Sólo encontraba consuelo en la pintura. Su único refugio eran esos óleos en los que se regocijaba en sus escasas tardes libres y en los fines de semana. En aquellos lienzos que sólo consideraba suyos mientras los creaba.

Desde que su consorte había descubierto que aquellas pinturas podían aportar beneficios, exiguos pero constantes, se los arrebataba apenas los concluía para venderlos en aquel cuchitril que pretendía ser un comercio de arte y de decoración. Más cuando el lienzo no conseguía venderse, en un tiempo prudencial, se lo devolvía a su autor, eso sí, tras haber cubierto la pintura con una buena capa de blanco que permitiera reciclar la tela.

A él le destrozaba el ver como arruinaban sus obras, así que se esforzaba en crear imágenes fácilmente vendibles, aunque no fueran lo que más le agradara pintar, sólo para no sentir el dolor de la pérdida.

Pero un trabajo alienante, una vida social exigua y un matrimonio fracasado, hacían que su estado de ánimo se plasmara en sus cuadros con colores cada vez más fríos y con escenas cada vez más tétricas, que tenían cada vez menos compradores. Y el ver a sus hijos de vuelta, amortajados en una capa de pintura blanca, no hacía más que amargarle el alma y la inspiración.

Hasta que conoció la leyenda del pintor Notcha. Y con ella una tenue esperanza se atisbó en su horizonte. 

Así que se esforzó en recordar una lejana época de felicidad en su infancia, junto con los paisajes luminosos que la envolvían y en ellos unos prados cristalinos que olían a frescor, a tierra mojada y a un agradable y joven sol primaveral. Y se esforzó en plasmarlo todo en la que sabía que sería su última pintura. Y trasmitió a aquella obra toda la esperanza abandonada, toda la alegría olvidada y toda su felicidad perdida.

El paisaje que surgía de su paleta era tan tiernamente hermoso, y trasmitía una paz tan profunda que era capaz de solazar el espíritu más quebrantado.

Así lo percibió el autor, que por un momento hasta entrevió la esperanza de un nuevo futuro. Pero también su mujer, que tradujo mentalmente aquella tierna belleza en pingües beneficios. Y le apremió a que lo terminara precozmente para ponerlo pronto a la venta.

Él le pidió un par de jornadas más, apenas un fin de semana, para concluirla. Y se encerró en aquel cuartucho donde realizaba sus pinturas.

Pasaron los dos días y la mujer aporreó la puerta reclamando su botín. Pero no escuchó respuesta ni sonido alguno. Cuando por fin consiguió forzar la entrada se quedó extasiada ante aquella pintura y sintió un sosiego como nunca podría haber imaginado. Pero no encontró ni rastro del triste pintor. Era imposible que hubiera escapado de aquel recinto, y menos por aquel estrecho ventanuco. Y no había otra salida que la puerta que había encontrado cerrada por dentro y ante la que ella no había dejado de hacer guardia durante aquellos dos días.

No se disgustó demasiado por la desaparición, aunque adivinó que nunca más lo volvería a ver. Sobre todo cuando percibió unas tenues huellas impresas en el césped del lienzo y que se perdían entre los alegres árboles que se alzaban sobre la colina pintada al fondo, tras la que se elevaba una tenue columna de humo hacia el resplandeciente cielo y que auguraba la cercanía de un cálido y plácido hogar.


Publicado por Balder

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