“El día del juicio final, cuando me encuentre ante Dios y me pregunte por qué maté a uno de sus auténticos milagros, ¿qué voy a decirle? ¿Qué hacía mi trabajo?”
Paul Edgecomb. La milla verde.
Frank Darabont.
1999
Contraatacamos
con toda el alma, con todo nuestro odio y con toda nuestra exasperación.
Llevábamos
casi cuatro días de bombardeos continuos que habían dejado las trincheras y los
refugios destrozados, convertidos en un erial de embudos de obús y túmulos
derrumbados, y a la mayoría de los hombres al borde de la locura. Cuatro días
de explosiones, de hambre y de sed, de ver compañeros deshacerse en jirones de
carne y tierra, de apretar los dientes y de no dejar de pensar: “esto va a
pasar, esto va a pasar…” sin que acabara de pasar ni terminara nunca. Así que,
cuando pararon los estallidos y los bombazos, salimos de los agujeros, sabiendo
lo que se nos venía encima, y nos dispusimos a defendernos disparando con todo
lo que nos quedaba. Los de enfrente no esperaban que de toda aquella desolación
pudieran surgir hombres con ánimo de lucha, ni mucho menos que lo hicieran con
la furia de animales rabiosos. Pero así lo hicimos. Repicaban las
ametralladoras, explotaban las granadas y crepitaban los fusiles. Y es que
peleábamos con el ansia de sobrevivir y de vengarnos. Después de esos cuatro
días aguardando a la muerte, a que una explosión nos enterrara o nos reventara,
por fin veíamos las caras de nuestros enemigos, de esos que llevaban cuatro eternos días
machacándonos, bombardeándonos y matándonos. Aquellos hombres se habían
convertido en la representación de todo lo que odiábamos. Y sentíamos que
teníamos que aniquilarlos sin piedad, aunque solo fuera para que ellos no hicieran lo propio con nosotros. Así que les atacamos y
combatimos como si fuéramos demonios ebrios de odio y de angustia acumulada.
Las bajas de los de enfrente se multiplicaron. Nadie, ni nosotros mismos, hubiera imaginado una resistencia tan
salvaje.
Y
tan bien lo hicimos que, tras rechazarles con toda la rabia de la
desesperación, corrimos tras ellos abandonando nuestras posiciones,
disparándoles y rematándolos sin piedad. Lanzábamos granadas a sus pies, y
arremetíamos a todo lo que corría delante de nosotros. Tengo la visión de un
compañero, cargando a mi lado, tan solo con una pala de trinchera en la mano con la que golpeaba y tajaba sin piedad a todo enemigo que se ponía a su
alcance o que caía a sus pies. Apenas sentíamos las ondas expansivas de
nuestras bombas de mano, o de nuestra propia artillería que batía las posiciones enemigas. Y
corrimos tanto que llegamos a sus trincheras casi al mismo tiempo que ellos, lo
que nos permitió hacerlo sin apenas bajas. Y caímos sobre el enemigo y sus
posiciones cual si fuéramos las mismísimas Furias del Hades o el auténtico Ángel
Exterminador.
Acallamos
las ametralladoras a golpes de resentimiento, de machete, de granadas y
de culatazos de fusil. Yo clavaba mi bayoneta, una y otra vez, en los cuerpos que
se interponían a mi paso, y recorrí aquella trinchera sembrándola de cadáveres.
Finalmente, un joven que llevaba un macuto cruzado al pecho se plantó ante mí
con las manos alzadas. Llevaba en la derecha una pistola y en los ojos un
brillo de terror. Pero ante la duda de si se rendía o si pretendía atacarme con
su arma, le clave la bayoneta en la barriga, con tanta rabia que
partí la hoja del arma. En ese momento la explosión de una granada, no sé si
nuestra o enemiga, me arrojó sobre él, algo conmocionado y aturdido. Con mis
manos empapadas en su sangre acerté a arrebatarle el macuto, esperando que contuviera
alguna provisión, y le arranqué la cantimplora del cinturón. Bebí ansioso de
ella aplacando la sequedad de mi garganta con el licor fuerte y áspero que
contenía y me quedé sentado en medio de la desolación que yo mismo había
provocado.
Enseguida
escuché la orden de retirada. Debíamos retroceder a nuestras trincheras pues
no podíamos mantenernos en esa posición mucho más tiempo. Y tras saquear lo que
pudimos de los muertos y de los refugios enemigos, corrimos de nuevo hacia
nuestras líneas.
Nos
tumbamos exhaustos en las destrozadas trincheras temiendo un contraataque
o un nuevo bombardeo, pero salvo explosiones aisladas y alguna ráfaga fugaz de
ametralladora, el frente quedó relativamente tranquilo durante las siguientes
horas.
Cuando
se disiparon la ira y el miedo acumulado fui recuperando un cierto grado de
humanidad, y la vesania rabiosa fue dejando paso al hambre. Registré aquel morral capturado esperando encontrar algo que llevarme a la boca. Efectivamente había
un chusco, duro como una piedra, que empecé a roer mientras contemplaba
sorprendido el resto del contenido del macuto. Y es que, a parte del mendrugo,
lo único que contenía era un fajo de hojas escritas dentro de un cartapacio
ajado y maltratado. Empecé a examinarlas y observé que las primeras páginas estaban
escritas a máquina, pero hacia la mitad del texto pasaba a estar
manuscrito con una caligrafía pequeña y clara, aunque las últimas carillas
estaban casi garabateadas, como escritas con ansia y con prisa.
Comencé
a leerlo con curiosidad. Pero según me iba sumergiendo en el texto mi
espíritu iba siendo arrebatado hacia un mundo de emociones que creía perdidas
hacía tiempo. La lectura me hipnotizaba y me mantuvo atrapado desde las
primeras hojas. Reí y lloré. Me invadió una paz infinita y una angustia
insoportable. Pero por encima de todo me sentí incapaz de apartar los ojos y la
mente de aquellas hojas que, por momentos, me alejaban de la dolorosa realidad de la
guerra y me transportaban a lugares y sensaciones antaño olvidadas. Nunca he
sido crítico literario, pero sí un lector empedernido, y aquel escrito, en
aquella noche en el frente, se me antojó la más bella composición que nunca
hubiera leído. Supongo que en parte era la situación vivida, la angustia
acumulada y el ansia de volver a una cotidianidad y a una humanidad que
sentía ya perdidas. Pero lo cierto es que aquella lectura me embelesó y me
devolvió sentimientos que creía abandonados.
Y
en ello estaba cuando volvió a desatarse el horror. Explosiones, gritos,
desesperación y muerte. Apreté las hojas contra mí cuerpo intentando proteger
ese tesoro que había descubierto y me dirigí hacia el refugio más cercano. Una
detonación me detuvo en seco y me lanzó por los aires fuera de la trinchera.
Las páginas se desparramaron y volaron junto conmigo, algunas envueltas en llamas y
otras transformadas en una suerte de confeti. Quedé tendido en el suelo,
conmocionado por la explosión y angustiado por la pérdida irreparable de aquel
texto que no había podido conservar. Y afortunadamente perdí el conocimiento.
Según
me contaron después, hubo una serie de ataques y contraataques, que
milagrosamente no me afectaron. Y posteriormente consiguieron evacuarme malherido, pero vivo.
Por supuesto que nadie recogió ni recordaba haber visto el más mínimo resto
del cartapacio ni de su contenido, que debió de terminar de consumirse en las
secuelas de la batalla.
Me
desperté varios días después en un hospital de campaña en retaguardia. Las
enfermeras me decían que debía sentirme afortunado, pues no solo había salvado
la vida, sino que en unas semanas estaría restableciéndome en casa. Pero yo me
sentía el ser más desgraciado y abyecto de la creación. No solo porque había
acabado con la vida y con la mente de la persona que había escrito aquella
auténtica obra de arte, que luego había perdido y contribuido a destruir. Sino
porque con ello había privado al mundo de ese texto indescriptible y Dios sabe
de cuántas otras obras maestras, igualmente geniales, que podrían haberse creado y
que ya nunca serían escritas. Y lo peor es que no tenía ningún dato, ninguna
referencia y ninguna forma de identificar a mi víctima, al autor de semejante
maravilla. Lloré de rabia y desesperación y me odié a mí mismo, odié al enemigo y hasta odié a mis
compañeros, pues nos veía a todos como un grupo de bárbaros incapaces de otra cosa que
no fuera causar la muerte y la destrucción de todo lo bello. Atila, Gengis Kan,
Savonarola, se me antojaban mecenas y hasta filántropos comparados con todos nosotros. Y me desesperaba no poder recordar ni el más mínimo fragmento de
aquel relato para volver a transcribirlo, aunque solo fuera parcial o
aproximadamente, para no dejar que se perdiera definitivamente en el olvido.
Supongo que en
gran medida todo aquello era consecuencia de la angustia vivida a lo largo de
aquellos meses de contienda y desolación, y que aquellos últimos acontecimientos,
junto con la conmoción sufrida, solo habían sido la gota que colmó el vaso.
Pero para mi espíritu herido la destrucción de ese escrito suponía una congoja
difícil de consolar.
De cualquier forma el cerebro es un órgano prodigioso y el tiempo un gran sanador. Y
poco a poco acabé por recuperarme y tras la guerra volví a tolerarme y a llevar
una vida más o menos normal.
A
veces aún dudo de que todos estos recuerdos sean exactos. Y sé que esa
incertidumbre es parte de la defensa propia de mi mente para permitir que me perdone a
mí mismo y a mis compañeros por la destrucción y las muertes ocasionadas. Y me
digo que, en el fondo, todos nosotros, así como los soldados enemigos, solo
fuimos los peones de la barbarie que acompaña desde tiempos
inmemoriales a la humanidad cabalgando a lomos de los cuatro jinetes, de la Muerte, de la Peste, del Hambre y, sobre todo, de la Guerra.
Epílogo:
Tucídides, Jenofonte, Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Somerset Maugham, Maurice Ravel, Arnold Zewing, Raymond Chandler, Paul Nash, Otto Dix, J. R. R. Tolkien, Carl Orff, Robert Graves, John Dos Passos, Henry Moore, Hemingway, Berlanga, Perez-Reverte... Son innumerables los artistas que participaron en guerras, de una u otra forma, antes de realizar sus mejores o sus más famosas obras. Incluso muchos de ellos fueron heridos, en ocasiones de gravedad. Si el azar, el destino, o las circunstancias hubieran sido apenas un poco diferentes, nunca habríamos podido disfrutar de “El Quijote”, de “Anábasis”, de “Yo Claudio”, de “El viejo y el mar”, de “La Vida es Sueño”, de “El perro del Hortelano”, de “El Señor de los Anillos”, de “Carmina Burana”, de “We are Making a New World”, de “el Bolero de Ravel”, de “The Archer”, de “Bienvenido Mister Marshall”, de “La piel del Tambor”... Y lo más triste es que nunca las hubiésemos echado de menos. Por eso siempre me he preguntado qué otras obras maravillosas se han perdido porque nunca llegaron a realizarse, qué nuevos poemas habría escrito García Lorca, que nueva obra de teatro de Muñoz Seca habría desatado nuestras carcajadas, con qué nuevas historias nos habría deleitado Saint-Exupéry, cómo habría continuado el diario de Anna Frank, qué habría pintado Franz Marc, o qué obras habría compuesto Granados, si los vientos de la guerra y la maldad que los acompaña no se hubieran interpuesto en su camino. Y lo que es más triste, cuantos artistas nos arrebataron esos mismos vientos de la guerra, cuantas obras maestras se han perdido porque nunca pudieron llegar a crearse, o porque fueron destruidas y se han difuminado en el olvido del tiempo.
Así
que, en memoria de todos ellos, de todos aquellos autores que murieron antes de
poder trasmitirnos sus obras y de los que vieron truncada su vida cuando aún
tenían tanto arte que trasmitirnos y tanta belleza que manifestar.
Publicado por Balder.
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