La mejor idea que ha tenido nuestro demonio de la guarda para amargarnos la vida, (por no decir jodérnosla), al menos en los últimos años, ha sido la creación de cierta casa de muebles nórdica.
Sólo a
una mente retorcidamente malévola se le podía ocurrir semejante cosa.
Ya
deberíamos de mosquearnos cuando nada más entrar en sus establecimientos nos dan
un metro y un lápiz. En primer lugar, porque ya sabes: “timeo Suecos et dona
ferentes” (o sea, “temo a los suecos incluso cuando traen regalos”). En segundo
lugar, porque no hay comerciante de cualquier gran superficie que te regale
nada sin esperar sacar algo a cambio. Y en tercero y fundamental, porque ya te
están avisando de que los vas a necesitar para poder orientarte y conseguir
salir, más o menos indemne, de ese laberinto diabólico en el que te estás
metiendo.
Y es
que, el recorrido que te obligan a realizar cada vez que decides acudir a estas
sucursales de los infiernos, es más complicado que el laberinto del minotauro,
y te hace dar más pasos diarios de los que te recomendaría cualquier teléfono
móvil sensato. Y qué no se te ocurra cambiar de dirección o de abandonar el
camino de baldosas amarillas, por mucho que quieras encontrar un atajo o por
muchas tentaciones o sugerencias que te ofrezcan en forma de mapas, flechas
luminosas en el suelo o señales para guiarte, porque el autentico objetivo de
sus perversos diseñadores es que te pierdas para que pases el máximo tiempo posible
en la tienda, que recorras secciones que nunca se te hubiera ocurrido visitar,
y que así sucumbas a la tentación de comprar no sólo lo que buscabas, sino otros
objetos que posiblemente no sabías ni que existían, ni que por supuesto
necesitabas, como ese cojín
que no sabremos donde colocar, ese bol para ensaladas que nunca jamás usaremos,
o esa magnífica tumbona de jardín que quedará estupenda en nuestro balcón de dos
metros cuadrados. Hasta tal punto es fácil que nos extraviemos, si abandonamos
el camino principal, que se cuenta de familias enteras que se perdieron al pretender
encontrar un atajo entre la sección de almohadas y la de autoservicio, sin que a
día de hoy hayan sido encontradas.
Luego
está el tema de sus famosísimas albóndigas que, mezcladas con su puré de patata
o con la salsa de arándanos, son capaces de dejar en buen lugar hasta la comida
inglesa, san Arguiñano me perdone. Y es que puedo entender que allí, en la vorágine
de estar perdido en un laberinto de muebles, estando emocionalmente vulnerable,
el olor a carne sospechosa y recalentada te atraiga más que un pollo a Carpanta,
o que un rastro oloroso a cualquier personaje de dibujos animados. Pero, si
somos objetivos, esas albóndigas no son más que bolitas de comida ultra-procesada,
ahogadas en salsa salada y aromatizada con diferentes cancerígenos autorizados,
que, si las sirvieran en cualquier otro lugar que no fuera al final de una maratón
entre muebles, jamás se nos ocurriría probar. Y si pensamos otra cosa es que ya
estamos siendo poseídos por el (nunca mejor dicho) síndrome de Estocolmo.
Pero el
hecho fundamental que hace de esa cadena de establecimientos la mayor causante
de frustración y angustia, y de situaciones que pueden amargar nuestra triste
existencia, es la ocurrencia de esos suecos herejes, que ahora se ha extendido a
toda clase de tiendas y comercios, de venderte sus productos desarmados para
que “fácilmente” los montes en tu casa, con la excusa de que así te salen más
económicos, te entretienes y hasta te realizas componiendo el armario, la
mesilla de noche y, en breve y si Dios no lo remedia, hasta un velero de tres
palos y treinta metros de eslora. Y donde para montarlos tan solo necesitas una
llave Allen... y mucha paciencia... más bien, infinita paciencia.
Y así,
ahora te encuentras que te llevas a tu casa un ventilador, el filtro de un
acuario y hasta un frigorífico de tres puertas, desmontado en una caja, con
todas sus piezas sueltas junto con un manual de instrucciones en coreano, en tagalo
y en ruso, y con unos esquemas pictográficos que volverían loco al mismísimo Champollion,
(el de los jeroglíficos y la piedra Rosetta, para los de la ESO).
¿En qué
momento estos suecos han conseguido convencernos de que nuestro tiempo está
mucho mejor empleado pasando una tarde de verano sudando la gota gorda mientras
montamos un ventilador, en lugar de sentarnos frente al mismo, ya montado y funcionando, mientras leemos un buen libro, vemos una serie o simplemente nos tomamos un
refresco?
Y es
que tanto lo del circuito diseñado para que te pierdas, como el invento de que
montes las cosas por ti mismo, están pensados para los suecos, unos tíos que
durante seis meses al año casi no pueden salir de casa porque están rodeados de
nieve y apenas ven la luz del sol, con lo que tienen que buscar aficiones para
ocupar su tiempo. Pero nosotros somos mediterráneos, no necesitamos montar
cosas porque nos montamos la vida, bien sea saliendo a la calle, hablando con
los amigos, o simplemente sentándonos en una terracita para tomar el sol
mientras nos tomamos una caña y una tapita.
Así
que, señores de las tiendas de muebles escandinavas, y de otras múltiples marcas que han decidido seguirles el
juego, para realizarnos los seres humanos de a pie, al menos por estas tierras de Dios,
no precisamos montar todos los elementos que nos rodean. Y yo me siento mucho mejor,
y hasta más realizado, si lo hago en una silla o, mejor aún, en un sillón que me
hayan traído ya montado y acondicionado. Que, para aventuras y realización, ya
me basta y me sobra con los eventos y acontecimientos nuestros de cada día con
los que nos va sorprendiendo y gratificando la vida.
Publicado por Balder
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