Dice una de mis amigas que los aficionados a la historia lo que somos en el fondo es una panda de cotillas aficionadas al drama... Quizá sea verdad, por lo que a mi respecta al menos. Eso mismo debieron de pensar los que formaban parte de mi grupo de visita cuando se me empezaron a caer los lagrimones en la Gran Dolina y me acompañaron durante todo el recorrido por Atapuerca. Hoy en Altamira logré controlar esa vena mía de portera dramón y no me puse a llorar, pero cinco horas después sigo emocionada... Qué le voy a hacer. Me estremece pensar que hace más de 25000 años otro ser humano se recostó en el suelo de una cueva y representó algo tan sumamente hermoso por unos motivos con los que podemos especular pero que nunca llegaremos a conocer.
Mi marido
sostiene que frente a la opinión generalizada de que Altamira es la Capilla
Sixtina del arte rupestre, la variedad de autores y la prolongación en el
tiempo de las pinturas hacen que se parezca más a un Museo del Prado de la
época. Quizá sea verdad y su fuerza radique precisamente en eso, en la memoria
de todos aquellos que a lo largo de miles de años dejaron su huella en este
preciso lugar; en la grandeza inigualable de continuar caminando por los mismos
caminos, estrato arriba, estrato abajo; por los que ellos caminaron a su vez. Ala me
voy a la portería a llorar un rato.
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